«Seis
ángeles»
(1931) de
Norah Borges,
integra la
exposición
consagrada a
«Amigos del
arte», una de
las
asociaciones
señeras en la
cultura
argentina.
La exposición «Amigos del Arte 1924-1942 », que la semana pasada presentó el Malba, cuenta la historia de una institución privada que contribuyó a forjar la identidad cultural de nuestro país. De la extensa trayectoria de benefactores del arte argentino que se remonta al siglo XIX y llega hasta hoy, la muestra presenta un breve pero significativo período poblado de verdaderos «amigos» del arte.
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Más lúcidos que «benefactores», estos gestores culturales casi desconocidos cobran protagonismo junto a los artistas e intelectuales que supieron reunir. Los rostros de Adelia Acevedo, Elena Sansinena de Elizalde, Julio Noé, María Rosa Oliver o Magdalena Bengolea de Sánchez Elía, entre otros, ocupan el centro del escenario. Junto a ellos, los testimonios de las actividades multidisciplinarias (música, cine, literatura, teatro, conferencias y publicaciones) revelan una gestión que amparó el nacionalismo, pero también un cosmopolitismo que le brindó proyección internacional a la vida cultural de Buenos Aires. La exhibición registra los 300 conciertos cuyos títulos reaparecen en pantallas y se pueden escuchar con audífonos, o las invitaciones de la Asociación al mexicano Siqueiros y otros 20 latinoamericanos, a fotógrafos como Anatole Saderman y Gisèle Freund, a García Lorca, al futurista Marinetti, Ortega y Gasset y Le Corbusier.
La muestra pone en evidencia una característica peculiar: el dominante eclecticismo del gusto argentino (que todavía perdura en colecciones como la de Amalia Fortabat).
El Malba abre su exhibición con la tradición gauchesca de Cesáreo Bernardo de Quirós, con un «Chango» de Jorge Bermúdez y una escena campestre de Fader; pinturas que conviven en la misma sala con la diversidad estilística del cubismo de Pettoruti, del surrealismo de Berni, la abstracción de Del Prete y el vanguardismo de Xul Solar y Gómez Cornet. Son obras que integraron las 500 muestras que organizó Amigos del Arte en sus casi dos decenios de actuación.
El pluralismo estético e ideológico abarca el arte precolombino, los pintores viajeros y los precursores del arte argentino; la disidencia de Florida y Boedo y la pintura italiana del Novecento; los grupos de París (Spilimbergo, Butler, Basaldúa, Forner, Bigatti), de La Boca ( Quinquela Martín, Lacámera, Cunsolo, Victorica) y de los Artistas de Pueblo (Riganelli, Bellocq, Facio, Arato, Vigo) y figuras inclasificables como Norah Borges y Alfredo Guttero, demasiado clásicas para ser vanguardistas y excesivamente modernas para los académicos.
Con una centena de obras, la exposición curada por Patricia Artundo y Marcelo Pacheco, Omar Corrado (música) y Fernando Peña (cine), tiene la dimensión de la actividad inicial de la Asociación, que inauguró su primera sede de la calle Florida con 100 obras de la colección Francisco Llobet, rica en arte europeo. Pero al arte se suma una marea de fotografías, publicaciones, filmaciones, grabaciones, afiches, películas, diarios, revistas y catálogos, material utilizado durante décadas por los investigadores.
Mercado
La repercusión de la Asociación en el mercado del arte «es uno de los aspectos más ignorados de su historia», señala Pacheco. Si bien Amigos del Arte contó durante varios años con un subsidio estatal, su principal fuente de financiamiento fue comercial: cedía la sala y cobraba una comisión sobre las ventas, que ascendía a 2% para los argentinos y 10% para los extranjeros. «Las galerías cobraban un promedio de 20% y todos los gastos.
Amigos, además del valor diferencial de la comisión y de asumir costos, aseguraba la visibilidad, acceso a la crítica y los consumidores. (.)La estructura se apoyaba en el compromiso que demostraban los socios como compradores, y en la Asociación que adquiría y donaba obras a reparticiones públicas».
Pacheco destaca que de este modo se estimuló el coleccionismo en una clase media con recursos, y que «los mecanismos que inventaron y adaptaron para administrar y generar recursos, planificar, producir y difundir actividades, señala la modernidad y profesionalismo con que la institución construyó un modelo inédito en el país».
¿Existió un prejuicio generado por la « oligarquía terrateniente» que integró la Asociación y que -como observa Pacheco- silenció su historia? ¿Se le negó importancia a una organización liderada por mujeres? ¿O, acaso, la falta de reconocimiento se debe -sencillamente- a la costumbre del ser argentino, que suele echar todo al olvido? Lo cierto es que la Asociación Amigos del Arte -una de las tantas referencias anónimas en las biografías de muchos artistas-, sorprende ahora con una política cultural ejemplar. Finalmente, la muestra y el indispensable catálogo de más de 300 páginas, suman una información clave que permite analizar, desde la perspectiva actual, la rica y compleja diversidad de nuestra herencia cultural.
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