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Anabella Papa y unas obras con firme identidad
La gran conquista de Papa, más allá de la cualidad peculiar de sus pinturas, es el sincretismo. El encuentro y la simbiosis entre lo animal y vegetal, el cielo y la tierra, los motivos serenos y la ferocidad del instinto.
Nadie puede responder al interrogante que formula la artista sobre el porvenir: ¿qué sucederá mañana en el mundo? Pero en el territorio de la estética es justo aclarar que, si bien la obra es ajena a las vertientes en boga, los propósitos estilísticos de Papa están planteados con absoluta claridad. Su arte está firme como la roca.
Las pinturas se reconocen desde lejos, para comenzar por los colores azules de los cielos, una presencia constante, al igual que las tonalidades de la tierra dominando el paisaje, los troncos y las figuras humanas y de animales. Luego la artista hace coincidir la pincelada tosca con una intensa expresividad, al sintetizar las formas con vigorosa energía.
Una de las pinturas más logradas de la muestra es "Árbol lechuza". El personaje semidesnudo tiene un nido y un pájaro en su cabeza, los brazos están cruzados sobre su pecho, los pies nacen del tronco donde está cómodamente sentado, sus manos se asemejan levemente a las ramas y una de ella sostiene un huevo blanco y luminoso. La pintura se ofrece como respuesta al interrogante inicial: plantea la posibilidad de conciliación de lo considerado humano con la naturaleza. En su "Segundo manifiesto surrealista", Andre Breton le impone una dimensión mítica al movimiento artístico que lidera, cuando dice: "Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones".
La gran conquista de Papa, más allá de la cualidad peculiar de sus pinturas, es el sincretismo. El encuentro y la simbiosis entre lo animal y vegetal, el cielo y la tierra, los motivos serenos y la ferocidad del instinto, la experiencia cultural (aunque Papa reniegue de estar en una galería de arte) y el salvajismo de sus pinturas.
Como los surrealistas, la artista busca superar "la distinción entre lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal". Sus vivencias, ideas, visiones, ensoñaciones y creencias afloran en sus extraños lienzos, donde es posible rastrear la línea estética del surrealismo figurativo. Lo suyo no es la cita sino justamente lo contrario, la búsqueda de un camino personal, sin embargo, sus telas inducen a evocar las pinturas de Rousseau y los primitivos, las de los niños y los locos. Sin renegar nunca de la historia del arte de la cual se nutre, la artista remonta vuelo sin prejuicios, se afianza en lo propio, aun a costa de simplificar sus formas y colores.
"Leon", la imagen yacente de un joven acosado por el animal que amenaza devorarlo, recuerda de inmediato "La Gitana dormida" de Rousseau. Los ojos de "Caballo pantera", dos animales plantados en un bosque con unas simples pero diestras manchas que configuran la escena, también traen a la memoria las pinturas del Aduanero.
Papa abandonó el escenario urbano y, al igual que Gauguin, artista que no es ajeno a su estética, se afincó en medio de la naturaleza. No llegó a Tahiti, pero acaso sueña que está allá cuando se encuentra en el campo bonaerense donde supo encontrar la distancia y la inspiración suficientes para realizar esta nueva serie de paisajes y retratos. Como Gauguin, la artista parece extraer de la naturaleza algo esencial, una gracia que hasta ayer no poseía.
Papa pinta en el limbo. Alejada de los conflictos que plantea el arte contemporáneo y los que acarrea enfrentar la producción y el sistema, ha logrado colocarse en un lugar de libertad absoluta sin escapar de la tradición pictórica.
Quedan apenas dos días para visitar la exhibición, pero vale la pena llegar hasta el Pasaje Tres Sargentos para verla. Papa es una rareza.


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