Ante Cristina, Máximo mide la expansión de La Cámpora

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Cuando el atardecer del viernes, Cristina de Kirchner levante la vista frente a la multitud se topará con la imponente tribuna este de la cancha de Vélez repleta y embanderada por militantes de La Cámpora, su criatura política y callejera preferida.

El club juvenil K que desde las sombras digita Máximo Kirchner se quedó con el sitio más preciado del estadio: la grada que da de frente al escenario desde el que hablará la Presidente y la más grande. Caben 20 mil personas, pero estará sobrecargada.

Ante Cristina de Kirchner en el acto que pretende tatuar en el imaginario partidario el 27 de abril como día embrionario de la era K -en 2003, el patagónico se coló en el balotaje, detrás de Carlos Menem-, el neocamporismo expondrá el volumen de su proceso de expansión.

Hace meses, en sigilo, Máximo activó un dispositivo de absorción de tribus K para lograr darle masividad a La Cámpora. La regla primaria es básica: los grupos chicos se incorporan y en esa fusión ofrendan su identidad en el altar de la pureza camporista.

Andrés «Cuervo» Larroque y José Ottavis, lugartenientes del vástago presidencial, fueron los ejecutores más eficaces en esa aspiradora. Sin embargo, en casos puntuales, fue el propio Máximo quien charló con dirigentes para invitarlos a integrarse a La Cámpora.

Mañana, en Vélez, el éxito de ese mecanismo quedará bajo la lupa: en el estadio quedará en visibilidad si dieron resultado las gestiones para magnificar la capacidad de convocatoria y movilización de la agrupación.

Será, además, una puesta a prueba de la muñeca política de Máximo frente a su madre. Y de la cúpula camporista -que comparten Larroque, Ottavis, Eduardo «Wado» De Pedro, Juan Cabandié y Mayra Mendoza en la trinchera política- frente a Máximo.

El propósito es que La Cámpora arrime 30 mil militantes al tumulto de Vélez. Al menos, un cuarto de la concurrencia en función de los cálculos de los organizadores que anuncian un show con 120 mil personas.

Con un plus: el neocamporismo tendrá acceso vip al estadio, mientras otros grupos pueden quedar afuera. En la cancha entran, como mucho, 80 mil asistentes, por lo que 40 o 50 deberían ver el acto desde las pantallas exteriores.

En Vélez, un pelotón de agrupaciones chicas y medianas archivarán sus «trapos» de siempre para concurrir con las banderas de La Cámpora. Se segmentarán según pertenencia, por regionales o por ciudades de las que provienen.

Varias JP locales estrenarán nueva ropa. Al igual que grupos, peñas y cofradías militantes. Un ejemplo: La Oesterheld seguirá como centro cultural, pero en el rubro militancia se fusionó con La Cámpora. Lo mismo ocurrió con más de 30 agrupaciones, algunas mínimas, testimoniales.

Acuerdos

Hay una mecánica intermedia. Grupos con más peso y trayectoria como la JP Descamisados sellaron acuerdos de empatía y coordinación, pero mantienen su identidad. Operan, de todos modos, dentro de la órbita de La Cámpora.

Ambos procedimientos tienen un imán: el acceso a cargos del Estado y la promesa a las conducciones de integrar la «task force» de La Cámpora. En criollo: estar en la antesala de designaciones en oficinas públicas.

Máximo, cuentan, justificó la etapa como la incorporación de dirigentes con «capacidad para colaborar con la gestión». Debe conocer la anécdota de su padre cuando caciquejos de La Cámpora despotricaron contra Diego Bossio en Olivos por su ascenso en la ANSES.

- Ustedes tráiganme un título universitario y después hablamos.

A excepción de De Pedro, abogado con posgrado, los demás no tienen título de grado.

La fusión no fue, de todos modos, un proceso pacífico. El plan de expansión que pergeñó y coordinó Máximo incluyó en algunos casos la fusión hostil: agrupaciones que se resistieron a integrarse y perder su identidad sufrieron un «take over» y la cooptación de dirigentes.

Autónomas de la galaxia neocamporista quedan por ahora el Movimiento Evita de Emilio Pérsico y Fernando «Chino» Navarro, con tropa y mando propio; el Frente Transversal, de Edgardo Depetri; Kolina, de Alicia Kirchner, y el MUP, de Federico Martelli, aliado del alicismo.

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