13 de diciembre 2021 - 00:00

Empieza el 2022: el año en que todos intentarán convertir fracaso en éxito

El oficialismo logró abrazarse a la bandera de la negociación con el FMI tras el resultado electoral. Impensado, pero no para el peronismo. Increíble: Juntos por el Cambio ahora ve peligrar su unidad. En Juntos por el Cambio el 2022 el desafío no será convertir una derrota en victoria, sino mantener con vida la victoria”.

ALBERTO-CFK_opt.jpeg

El doble efecto que dejó la elección del 14 de noviembre aún perdura y lo seguirá haciendo por meses. Sus consecuencias marcarán el ritmo profundo de la política en el 2022, más allá de las imágenes de compromiso que muestre, tanto en el oficialismo como en la oposición.

La Argentina siempre está preparada para definir cambios políticos en sus elecciones legislativas y lo ha hecho en múltiples casos, inclusive de forma violenta. A Raúl Alfonsín el voto popular le marcó el final de sus sueños políticos en 1987, a Fernando de la Rúa el resultado del 2001 le terminó de ejecutar su Gobierno y Cristina de Kirchner tuvo que pasar el mal trago de derrotas legislativas.

Algo así sufrió Alberto Fernández el pasado 14 de noviembre, aunque esta vez las consecuencias no fueron las mismas.

Quizás por el desastre que significó la pandemia, por los errores cometidos en su gestión o por el miedo paralizante que impactó en buena parte de la población, la derrota del Gobierno de las últimas legislativas abrió una caja de Pandora en el ejercicio de la política.

Alberto Fernández y Cristina de Kirchner pasaron de un proceso de reproches, corte de cabeza en el gabinete y pases de factura mutuos (sin disimulo tras las dos cartas de la vicepresidenta) a bajar la tensión para intentar mostrar una unidad que resultó indispensable para la supervivencia cercana del Gobierno. El aliado impensado para ese ejercicio de unidad que le tomó al Gobierno un trabajo extraordinario fue el propio FMI y la negociación de un nuevo acuerdo.

El kirchnerismo había mostrado que en la calle no aceptaría condicionamiento alguno del organismo. Lo dijo La Cámpora expresa o tácitamente en proclamas o participando de marchas donde se sostenía esa idea de no firmar con el Fondo a costa del hambre del pueblo.

Llegó diciembre, la presión del dólar, la inflación que no cede y la necesidad imperiosa, con mayor o menor confianza sobre Martín Guzmán, de cerrar un acuerdo con el organismo. La prioridad no pasó entonces por rechazar concesiones que se exigirían una vez que viera la luz el memorándum de entendimiento, mostrar unidad frente a la negociación al tiempo que ésta se aceleraba.

En esos términos el Gobierno y el cristinismo volvieron sobre sus primeros pasos tras las elecciones e iniciaron otro proceso de intentar convertir una derrota en triunfo. Esta vez la protagonista no era una urna, sino la negociación.

En esos términos la política mostrará un 2022 donde el oficialismo debe garantizarse que el acuerdo que pueda lograr con el FMI sea base de sustentación suficiente para transitar hasta el 2023. Si lo logra, con menos votos en Senado y Diputados tras la merma que le dejó la elección, habrá logrado al menos el primer paso de subsistencia política pensando en el futuro. Una vez más la economía será todo y el kirchnerismo tiene allí su batalla más difícil.

Ese camino exige, además, ejercicios de moderación. El frente externo es quizás el segundo más trabajoso. La diplomacia de los primeros dos años del Gobierno de Alberto Fernández no mostró sus mejores armas; todo lo contrario.

Fue un año de gaffes diplomáticas que en muchos casos la Cancillería desde Buenos Aires debió enderezar con la destreza que pudo, que no fue mucha. Nicaragua o Venezuela son sólo ejemplos. Y las relaciones con Brasil casi un milagro, tomando en cuenta la existencia de Jair Bolsonaro, que quizás sólo logró mantener el estilo sui géneris de Daniel Scioli. Más allá de estos colores, el Gobierno debe enfrentar definiciones con Estados Unidos en medio de las negociaciones con el FMI y del intento de postergar pagos al menos hasta 2024, y también los requerimientos de China y Rusia, que piden más pista para aterrizar en el país.

En Juntos por el Cambio la proyección para el 2022 corre por el carril contrario. En este caso el desafío no será convertir una derrota en victoria, como lo intenta el oficialismo, sino mantener con vida la victoria.

La cara triunfante de esa noche del 14 de noviembre comenzó a complicarse de la mano del radicalismo. La situación del control de los bloques y la pelea entre cordobeses que quedó en el medio es sólo un entretenimiento en medio de una interna que tiene raíces mucho más profundas.

La unidad, igual que con las pujas entre Alberto y Cristina, en este caso se volvió un desafío.

El PRO miró la crisis de los radicales primero con curiosidad y luego con temor, al procesar en su justa medida que la pelea en la UCR le llega al centro mismo de la carrera presidencial para el 2023.

La división de bloques del radicalismo y el bloque propio que anima Emilio Monzó, aunque dentro del interbloque Juntos por el Cambio, ya hacen las delicias de Sergio Massa.

El tigrense, que además cuida su vínculo personal con Horacio Rodríguez Larreta, sabe de sobra que una división de bancada puede tener derivaciones inciertas a la hora de armar votaciones.

Mauricio Macri está lejos de retirarse y termina el 2021 diciéndolo a quienes lo quieran oír. Patricia Bullrich sólo se bajaría si su exjefe insiste. Rodríguez Larreta vigila cómo queda la cosecha de su armado de listas con cruces de distrito. El final de esa estrategia aún no está claro. Facundo Manes quiere el 2023, pero debe aprender aún.

Y Lousteau se va a dar cuenta en breve de que el macrismo no le regalará la Ciudad, aunque insista en que también está anotado para la presidencial. Empieza el 2022 y aún está todo por ver.

Dejá tu comentario