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Aplausos para la Argentina y abucheos para Alemania
El actor Arturo Goetz y la directora Natalia Smirnoff ayer en la Berlinale, luego de la proyección de «Rompecabezas».
Según la crítica, su ópera prima «Rompecabezas», arroja una mirada honesta y sutil sobre esta crucial etapa de las mujeres retratada en María del Carmen (María Onetto), abnegada ama de casa porteña que el día de su cumpleaños recibe un regalo muy particular. Con él descubre su habilidad para montar puzzles, pero el nuevo pasatiempo se convertirá casi en una obsesión que le reafirma y la hace embarcarse en todo un viaje de redescubrimiento.
«Me gustan las mujeres de esa edad, creo que las mujeres en torno a los 50 se encuentran en un momento especial de su vida», señaló Smirnoff, en conversación con un pequeño grupo de medios. «Es un momento en que los hijos empiezan a irse de casa y la vida, tal y como la concebían, deja de tener sentido, se desintegra como las piezas de un rompecabezas. Onetto plasmó con sencillez y ternura este recorrido». Una interpretación que algunos críticos colocaron ya en lo más alto de sus quinielas por el Oso de Plata.
«Me interesaba mostrar el contraste entre cómo la familia se ríe de ella y considera su hobby como una señal de envejecimiento, de senilidad, mientras que para ella supone un despertar, un rejuvenecimiento que se refleja en más autoconfianza», explicó la cineasta, de 37 años. «Hay ciertas vergüenzas interiores en una mujer que si uno las arruina, son muy difíciles de superar».
Quienes no consiguieron encajar las piezas del puzzle fueron el director Oskar Roehler y el guionista Klaus Richter con su versión de «Jud Süss - Ein Film ohne Gewissen». Pese a contar con un reparto repleto de rostros conocidos del cine alemán, la película defraudó con su reconstrucción de cómo se rodó la película homónima bajo las órdenes del ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels y las trágicas consecuencias que tuvo para su protagonista.
Según contó el director de «Las partículas elementales», lo más interesante de su nuevo trabajo es que «arroja una luz diferente» sobre el Tercer Reich, haciendo hincapié en cómo la alta sociedad y el mundo del espectáculo fueron «utilizados» por la maquinaria nazi. El film se centra en la figura del actor Ferdinand Marian (Tobias Moretti), una promesa emergente en la Alemania de finales de los años 30 a quien Goebbels (Moritz Bleibtreu) da la oportunidad de protagonizar una superproducción que lo catapultará al éxito.
Pese a sus dudas sobre encarnar a un judío en la gran pantalla y a los recelos de su mujer (Martina Gedeck), debido a su ascendencia judía, Marian no puede hacer frente a la presión y se ve obligado a aceptar. Sin embargo, sus intentos de aportar dignidad al personaje espolean aún más el sentimiento antisemita del film, y la nueva superestrella nazi se ve abocada a su trágico destino.
«Independiente del aspecto político», señaló Bleibtreu («Munich», «Run Lola Run»), el film es el retrato de un actor que se ve confrontado una y otra vez con situaciones que no dependen de él, pero cuyas consecuencias sí tendrá que sufrir. Para Rohler, se trata de ser «responsable con la época que uno aborda, pero una película tiene derecho a ser ficción». «Jud Süss» no tiene nada que ver con el último trabajo de Quentin Tarantino, «Inglourious Basterds», afirma. «Posee una precisión histórica, pero no es un documental».
Joseph Süss Openheimer fue un judío asesor del duque de Wuttenberg en el siglo XIII y llegó a convertirse en uno de los hombres más influyentes de su época, pero tras la muerte de su benefactor, sus enemigos lo acusaron de traición y fue condenado a muerte. Su historia inspiró varias novelas, siendo la más destacada la de Leon Feuchtwanger (que no era un libro antisemita, de hecho, su autor judío sufrió exilio y persecución) y fue llevada al cine en 1934 por el inglés Lothar Mendes.
Cuando Goebbels la vio no tardó en darse cuenta de su potencial, mirada como una fábula sobre la supuesta arrogancia e intromisión judía. La superproducción nazi se estrenó en 1940 en el Festival de Venecia y recibió brillantes críticas, entre ellas la del entonces joven Michelangelo Antonioni.
Finalmente, completó la jornada «Na Putu» («On the Path», de la cineasta bosnia Jasmila Zbanic, que ya se alzó con el Oso de Oro en 2006 por su primera película, «Gravica-El secreto de Esma». Y, como en el caso de Smirnoff, también cosechó elogios su aproximación humana al fundamentalismo religioso, y como éste influye en las relaciones personales.
Agencia EFE


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