¿Aplicará EE.UU. las recetas del Fondo?

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Gracias a una intervención gubernamental sin precedentes, el sistema financiero de EE.UU. no sólo sobrevivió a la crisis más seria desde 1930 sino que se encamina hacia otro año de fuertes ganancias. Sin embargo, las secuelas en la economía real se van a sentir durante bastante tiempo. Dependiendo de cómo se maneje la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro, y de cómo reaccionen los inversores internacionales que compran bonos del Gobierno de EE.UU. estas secuelas pueden ser más o menos serias.

Según la mitología griega, en ambas márgenes del estrecho de Messina, que separa a Sicilia y Calabria, habitaban Escila y Caribdis, dos monstruos terribles que amenazaban el paso de los navegantes. Si lograban evitar a uno, los infortunados viajeros caían en las garras del otro. La recesión y el déficit fiscal son los dos monstruos que hoy acechan la economía norteamericana y dominan el debate sobre las políticas que debería seguir el Gobierno.

Por un lado se encuentran economistas como Paul Krugman, quien desde sus columnas semanales del New York Times, sostiene que la preocupación por el déficit fiscal es exagerada y que el verdadero problema que enfrenta Estados Unidos es una recesión similar a la que sufrió Japón en la década de los noventa y de la cual aún no se recuperó. Según este economista, quienes promueven la «amenaza fantasma» del déficit son los bancos de Wall Street, que habrían logrado influir sobre el presidente Obama y sus asesores económicos para que implemente un programa agresivo de reducción del déficit. Para Krugman, premio Nobel de Economía de 2008, el Gobierno debería seguir estimulando la economía para reducir el desempleo aunque esto provoque un deterioro en las cuentas fiscales.

La visión opuesta reconoce que la economía norteamericana se encuentra estancada y que la tasa de desempleo ha superado la barrera del 10%, pero advierte que el panorama fiscal que enfrentan los Estados Unidos es preocupante. Como consecuencia de la crisis, la deuda pública ha crecido a niveles que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. Según las proyecciones de la Casa Blanca, la relación entre deuda y PBI podría llegar a casi el 80% en 2010, mientras que el déficit fiscal podría llegar a representar el 10% del PBI el año que viene.

Hay otros dos detalles sobre la situación de la deuda pública de EE.UU. que hay que tener muy en cuenta. El primero es que una parte importante debe ser renovada durante el próximo año. Usualmente esta deuda representaba menos de un 25% de la deuda total. Pero según cifras oficiales, actualmente la proporción asciende a casi el 36% (o alrededor de u$s 2.500.000 millones). Si parte de esta deuda es refinanciada a largo plazo, la tasa de interés será mayor y por ende también será mayor el impacto sobre las cuentas fiscales. Actualmente el pago de intereses representa un poco más del 1% del PBI, pero esta cifra puede triplicarse fácilmente si suben las tasas de interés y aumenta la proporción de deuda a largo plazo.

Las tasas de interés podrían subir como consecuencia de un aumento en las expectativas inflacionarias o una recuperación de la economía que impulse la demanda de crédito. Ninguno de estos escenarios parece probable a muy corto plazo. Pero tampoco parece probable una reducción del déficit fiscal. ¿Qué pasaría si los tenedores de los bonos del Gobierno de los Estados Unidos modificaran sus expectativas sobre la inflación y el déficit fiscal a mediano y largo plazo? Ésta es la gran cuestión. Y aquí Estados Unidos enfrenta otro problema, no tanto financiero sino de orden geopolítico. El segundo detalle es que la mitad de esos bonos está en manos de gobiernos extranjeros. La lista la encabeza China con aproximadamente un 23% del total. ¿Qué pasaría si estos gobiernos deciden dejar de financiar el déficit fiscal norteamericano? Por ahora la relación entre las economías de ambos países es bastante simbiótica, pero consideraciones geopolíticas o estratégicas podrían cambiar las cosas.

Mientras su economía siga estancada (todavía no se sabe si el estímulo perdurará en el tiempo), los Estados Unidos enfrentan un dilema similar al que muchas veces enfrentó la Argentina: reducir el gasto público o aumentar los impuestos. Teniendo en cuenta la inflexibilidad a la baja del primero y el enorme costo político de proponer lo segundo (además de la resistencia de los contribuyentes norteamericanos a pagar mayores impuestos), no queda muy claro qué hará la administración Obama. En las últimas décadas, los argentinos hemos desarrollado otras «soluciones» para cerrar la brecha fiscal y reducir el peso de la deuda pública: la inflación y el default. Pero mientras la Reserva Federal siga manteniendo su independencia y con Bernanke a la cabeza es muy improbable que veamos el primer escenario (aunque 4 o 5 años de una inflación del 4-5% podrían resolver el problema). En cuanto al segundo escenario, por ahora lo podemos descartar de plano.

¿Qué significa esto? Según cuenta Homero en «La Odisea», Ulises logró atravesar el estrecho de Messina, pero lo hizo a un costo considerable ya que varios de sus compañeros fueron devorados por Escila. Igual suerte le espera a la economía norteamericana mientras navega entre la recesión y el déficit fiscal. Como consecuencia de las restricciones políticas e institucionales que enfrenta, en los próximos años probablemente crecerá a tasas muy bajas y con alto desempleo. Y si el resto del mundo y los tenedores de los bonos del Tesoro de EE.UU. comienzan a desconfiar de la capacidad del Gobierno de reducir el déficit, el costo puede ser mucho más alto y quizás se empiecen a barajar escenarios que hoy descartamos de plano.

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