15 de junio 2012 - 00:00

Apuestan a cuanto peor será mejor

¿Cuanto peor, mejor? España está al borde del precipicio, y lo hace saber a los cuatro vientos. Su negocio dejó de ser ocultarlo. El ministro De Guindos admite que con la prima de riesgo al norte de los 550 puntos la situación de su país no es sostenible. La muletilla de que la suerte de la unión monetaria se definirá en los próximos tres meses quedó obsoleta. «El destino se juega en estos días, quizás en estas horas», corrige el canciller español García Margallo con prisa digna de mejor causa. La deuda se derrumba y sus rendimientos cruzan ya el fatídico umbral del 7%. Infierno del cual nadie pudo volver salvo Italia; no por ser la cuna del Dante, sino la de Mario Draghi, titular del BCE. Pero esta vez el banco central no asoma cabeza. En su probada tradición de independencia -que incluye, en momentos como éstos, una notable falta de vínculos con la realidad- ni siquiera halló pertinente ensayar una leve rebaja de tasas de interés. De Fráncfort lo único que se escuchó fueron las palabras del miembro más influyente de su Consejo de Gobierno. Jens Weidmann, a la vez presidente del Bundesbank y portador del veto alemán, no tuvo pelos en la lengua: «El BCE está llegando al límite de su mandato». Si es así, España está arribando también al límite de su resistencia. La estrategia del rescate bancario duró lo mismo que un partido de fútbol de la Eurocopa. Se perdió por goleada y lo que ahora le espera es aferrarse a lo que quiso evitar a toda costa: un rescate convencional. La buena noticia es que la Bolsa de Madrid trepó ayer más del 1%. Y escaló el 5% en una semana terrible. ¿Cuanto peor, mejor? Difícil argumentar a favor, pero -equivocado o no- eso marca el derrotero de las cotizaciones.

España se hunde, ¿será que Grecia sale a flote? La Bolsa de Atenas se disparó ayer un 10% a la suba. Fue la mejor rueda de los últimos diez meses. Se diría que la elección crucial del próximo domingo comenzó a sentarle bien. ¿Señalan las encuestas un repentino avance de los partidos que no reniegan de los acuerdos firmados con Europa? No se sabe. Las dos últimas semanas rige la veda que prohíbe la difusión pública de los sondeos de opinión. Es el olfato -el ojo de buen cubero- el que manda. Mientras hubo información, hasta fines de mayo, el cuadro era difuso pero siempre dentro de una gran paridad. Ningún partido creció más en intención de voto que la Izquierda Radical -la coalición Syriza-. Pero su empuje inicialmente arrollador perdió impulso, y en la mayoría de las encuestas (salvo en dos) era insuficiente para ganar la elección. Y ese dato es clave porque la primacía -aunque se produzca por un solo voto- confiere 50 de los 300 escaños en disputa. ¿Será que el temor de los votantes a dar un salto al vacío amplió esa diferencia en el tramo final de la campaña? La queja de Alexis Tsipras, el carismático líder de Syriza, abona esa tesitura. Europa, dijo, estaba «aterrorizando» a los ciudadanos con las amenazas de expulsión de la moneda común. Las cotizaciones de las acciones de los bancos arriman, en ese sentido, una referencia contundente. Subieron el 23% en la rueda de ayer y el 44% en la última semana. En un Gobierno de la izquierda radical, Tsipras prometió su nacionalización.

Wall Street es el bastión donde anida la resistencia de los mercados -y su disposición al contraataque- frente a esta sucesión de acontecimientos dramáticos. Las malas nuevas brotan no sólo de Europa. Las noticias internas hace tiempo que no son alentadoras. Lo que comenzó en abril con una sorpresiva pérdida de vigor de la creación de empleo, hoy es una tendencia amplia que no se discute. Esta semana hubo que anotar una segunda declinación mensual de las ventas minoristas. Y los pedidos iniciales de subsidios por desocupación treparon por quinta vez en seis semanas. Los pronósticos de expansión del PBI, corregidos a la baja poco tiempo atrás, ameritan ya una nueva poda. Y sin embargo Wall Street no se arredra. Sino que avanza. ¿Cuanto peor, mejor? No hay dudas aquí ya que la Fed maneja una partitura muy diferente de la que utiliza el BCE. Y, mejor aún, la caída de los precios minoristas de mayo (el 0,3% a caballo de una baja del 6,8% en los precios de la nafta en el surtidor) facilitaría la tarea de Ben Bernanke. La semana próxima la Fed celebrará su reunión programada. Y como expira la operación twist -y el mundo se bambolea- se cree que habrá novedades. El twist II -a decir verdad, una aspirina que no puede causar mucho daño pero tampoco curar a nadie- estaría en camino. Pero la fogosidad de la suba de las acciones en la última hora venía montada en un corcel más brioso. Cuanto peor, mejor: si Grecia enciende la zozobra este fin de semana, la banca central de todo el G-20 dispararía sus cañones. O eso dice el rumor. ¿Cómo unir esta efervescencia con la propia suba de la Bolsa de Atenas? Poco importa. No es sensato tampoco pararse delante de la manada. Hay que creerle a la canciller Merkel cuando dice que la saga europea no terminará pronto. Pero hay que entender también que la esperanza es lo último que se pierde.

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