17 de diciembre 2008 - 00:00

Argentina en la “política del atajo”

El economista chileno Sebastián Edwards aseguró que los países de América Latina están «entre los que más sufrirán con las secuelas de la crisis subprime y con la recesión global profunda y devastadora que azotará al mundo durante los próximos 18 a 24 meses. La Argentina será, sin duda, una de las naciones más afectadas». En un artículo en la revista mexicana Letras Libres explicó por qué, y sostuvo que «éste no es el fin del capitalismo».

A partir de 2006, y después de casi dos siglos de crisis recurrentes, un mito se apoderó de las mentes de los analistas latinoamericanos. Un mito y una esperanza. Se dijo, con vehemencia y convicción, que las economías de la región se habían «desacoplado» de las de los países avanzados y del ciclo económico internacional.
Desde un punto de vista práctico ello implicaba que una desaceleración en el «centro» -en Estados Unidos, Europa o Japón- no tendría efectos sobre la «periferia» latinoamericana. Los acontecimientos desmintieron con fuerza este mito y demostraron que las economías latinoamericanas siguen siendo muy vulnerables y dependientes de lo que sucede en el resto del mundo.
El pánico, la caída en espiral de los mercados y el contagio al resto del mundo
-incluyendo América Latina- fueron consecuencia directa de la ineptitud con la que el Gobierno del presidente George W. Bush enfrentó el problema: dejar caer al banco de inversiones Lehman Brothers en setiembre de este año fue, claramente, un error, como lo fue haberle presentado al Congreso un plan de rescate incompleto.

Detrás de esta incompetencia encontramos el dogmatismo y la rigidez ideológica de los fundamentalistas del mercado, esa banda de políticos y economistas enamorados de un sistema puro e idealizado que nunca ha existido y del que ni siquiera Adam Smith se sentiría orgulloso. 
En la mayoría de los países de América Latina, las autoridades económicas se convencieron, a partir de 2005, de que sus respectivos países gozarían de una bonanza exportadora (casi) permanente. Creyeron que la demanda creciente de China y la India por sus productos mantendría sus precios elevados para siempre y llevaría a América Latina a la prosperidad. Lo que no entendieron era que este boom de precios era una ilusión de corto plazo, una burbuja tan frágil y pasajera como la burbuja inmobiliaria.
La historia es majadera, y una y otra vez nos enseña que los atajos no funcionan en el largo plazo. Ilusionan a la población, pero al final fracasan.
En los últimos años, esta «política de los atajos» ha sido practicada con especial entusiasmo por un grupo de países cuyos líderes han rechazado la globalización y la economía de mercado, incluyendo la Argentina, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia. En todos ellos, políticos carismáticos y populares han desarrollado discursos que plantean un conflicto entre «la gente» y «el capital», «el país» y las «multinacionales», «ricos» y «pobres».
Estos países están, precisamente, entre los que más sufrirán con las secuelas de la crisis subprime y con la recesión global profunda y devastadora que azotará al mundo durante los próximos 18 a 24 meses.
La Argentina será, sin duda, una de las naciones más afectadas. Y esto no sólo por razones económicas -sus necesidades financieras externas son enormes y sus exportaciones caerán con fuerza-, sino también por razones políticas.
La administración de la presidente Cristina de Kirchner genera una gran desconfianza entre inversionistas locales y extranjeros, que temen que medidas arbitrarias afecten el valor de sus inversiones. Tanto es así que un amplio grupo de analistas cree que la Argentina nuevamente entrará en una cesación de pagos de su deuda pública. 
La reciente decisión de Standard and Poor's de sindicar a la Argentina como un país crecientemente riesgoso es más que justificada y refleja las aprehensiones de analistas e inversores. Esta situación se ha traducido, a partir de finales de setiembre, en una salida de capitales sin precedentes en la historia moderna de la Nación.
Los próximos años serán difíciles para los países emergentes. La recesión global, la aversión al riesgo por parte de inversionistas y la caída de los precios de los commodities los golpearán con severidad. Sólo aquellas naciones que sean innovadoras y eficientes podrán aumentar su participación en el mercado global, crecer a tasas razonables y moverse hacia la prosperidad.

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