Finalmente se estrenó en el país el largamente postergado documental de Georges Gachot «Martha Argerich. Conversación nocturna».
«Martha Argerich. Conversación nocturna» (Martha Argerich. Evening Talks, Francia-Alemania, 2002; habl. en inglés y francés). Documental. Dir.: Georges Gachot.
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Su maestro, Friedrich Gulda, recuerda Martha Argerich en un momento del film, le dijo una vez: «Tú no tienes la culpa de que Schumann no sea argentino». Dejando de lado la idea, con un estilo menos reprochable que inocente, el documentalista Georges Gachot ilustra su entrevista con imágenes de origen: alazanes criollos, olas que rompen en Mar del Plata, la Avenida 9 de julio, el intrasladable ruido de Buenos Aires. Son postales que recuerdan aquellos viejos envases de los LP de la serie «Fontana Grandioso», en los que fatalmente a cada Grieg le correspondía un colorido óvalo con fiordos, y a cada Berlioz otro con la florida pradera francesa. Alegre, juguetona, la protagonista habla en otro espacio y la cámara la capta, tal vez sin hacerse cargo de su lenguaje.
Por suerte, la renuencia de Argerich a ser filmada (cuentan que tardó 10 años en aceptar la propuesta de Gachot, también pianista) posibilita una película mucho más iluminadora que la que habría resultado de otra manera, con otro carácter. Ni la figura pública que consiente mostrar el «backstage» de sus rutinas («nada de Big Brother», advierte de entrada), ni la estrella que satisface la habitual demanda de excentricidades. Es la artista quien permite asomarse, brevemente, a un rincón de su intimidad.
Así, por ejemplo, sabremos que sus legendarias cancelaciones de conciertos (por más que vayan a ser asumidas, en el futuro, por la estrella que en esta conversación nocturna sólo aparece muy poco) se originan en un gesto casi musical: una experimentación con disonancias, inspiradas por la temprana lectura de «El inmoralista» de Gide; un acto de desafío al orden que va más allá, tal vez, de su terror a la exposición en público, esa forma de obscena entomología: «sentirme como un insecto», bromea.
Gachot renuncia también, y otra vez por suerte, a la tentación de calificar o juzgar su arte, y deja hablar a la artista. La voz de la intérprete, que es puro sustantivo, contrasta con la voz de todo crítico musical, que siempre adquiere la forma más pobre del lenguaje: el adjetivo. En el mundo Argerich, los compositores no son admirables, sublimes o majestuosos: son sujetos que actúan sobre ella, que la aman o no, le juegan buenas o malas pasadas (Prokofiev le es dócil, Chopin la cela), y pueden en consecuencia tener o no tener humor (Haydn o el joven Beethoven contra los románticos).
Humor: el concepto retorna una y otra vez en Argerich a través de lo verbal o corporal, a la manera de una serie raveliana que busca a su cómplice. La soledad, traducida humorísticamente («¿qué podía hacer tan joven y tan sola en Nueva York? Mirar todas las noches 'The Late Late Show'»). El misterio también, narrado como esa carencia imposible de ser sustituida: Argerich relata de esa forma por qué, tras haber descubierto lo real de la música a los 6 años en los trinos del Cuarto Concierto de Beethoven, que oyó por Arrau, nunca fue capaz desde entonces de interpretar esa obra.
Y Schumann, desde luego. Schumann, a quien Roland Barthes definió como el músico de un mundo roto, ajeno al cuerpo moderno, privado, prescindente de lo más accesible para el oyente actual (los conflictos maniqueos de Beethoven, la fragilidad de Schubert); Schumann, el músico de la pura intimidad no podía, en las palabras de la artista, ser otro que su favorito, su gran debilidad. El argentino Schumann de la Argerich sin fronteras ni límites.
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