Audaz puesta de Barney Finn, aunque no sea Shakespeare

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«Mucho ruido y pocas nueces», de W. Shakespeare. Adap. y dir.: O. Barney Finn. Esc.: J. Ferrari. Vest.: M. Zuccheri. Mús. y dis. Sonoro: S. Vainikoff. Ilum.: E. Sirlin. Coreog.: C. Elías. (Teatro San Martín).

Esto no es Shakespeare. La nueva versión de «Mucho ruido y pocas nueces», adaptada y dirigida por Oscar Barney Finn se transforma, como en muchos casos en los últimos tiempos, en obra de manipulación literaria y escénica. El procedimiento no es nuevo, por cierto. La ópera lo sufre constantemente en Europa, con menos frecuencia en los Estados Unidos y con regularidad en nuestros escenarios. El ejemplo bochornoso de «Lucia di Lammermoor» del año pasado en el Teatro Argentino de La Plata, basta como muestra de la arbitrariedad de los registas en cambiar la historia, la época y los personajes, con agregados y sustituciones.

Con mayor tacto, quizás, también lo ha hecho Oscar Barney Finn ahora con «Mucho ruido y pocas nueces», de William Shakespeare, que se salva medianamente del naufragio por la simpatía de algunos de sus intérpretes y el interesante entorno plástico que ha rodeado a la versión. De la Mesina original se pasó la acción al campo argentino en la época de la conquista del desierto; del 1600 se trasladó el asunto al verano de 1875/76; el personaje de Leonato original se transformó en el terrateniente Leandro Lago y el de Dogberry en el comisario Robles. Y así todos los personajes. Los cinco actos de la deliciosa comedia «Much Ado About Nothing» pasan a ser aquí sólo uno dividido en escenas y se crea un personaje con el nombre de Nemorino, un cantante. Esto lleva a la primera reflexión: ¿No hubiera sido más lógico hacer una nueva pieza y dejar a Shakespeare tranquilo en su isabelina Inglaterra natal? Reflexión dos: ¿Podemos esperar que cuando Barney Finn proponga una versión de «Los mirasoles» de Sánchez Gardel, por caso, esta se parezca a un Shakespeare genuino? Quizá.

Lo que quedó de la exquisita pieza se encuadra en una realización de estilo costumbrista, ambientada en una estancia en la que ocurren amores negados y luego aceptados, intrigas, celos, envidias, rivalidades, juegos de poder y mascaradas que cierran con un imprescindible «happy end», con la totalidad de los personajes inmovilizados como en un cuadro.

A la obra no le falta dinamismo y acritud en el lenguaje que interrelaciona a los distintos personajes, supervivencia del texto shakespeariano, en una traducción acorde a las necesidades de la puesta, hecho por Cristina Piña.

Más allá de la agresión perpetrada contra Shakespeare quedan datos rescatables como la fresca interpretación de los roles protagónicos de Virginia Innocenti y Malena Figó, encantadoras ambas, y los atolondrados juegos de Sergio Surraco y Rocco De Grazia.

También se destacan en el extenso reparto Salo Pasik y un cuarteto digno de la «Commedia dellarte», integrado por los excelentes Daniel Miglioranza, Claudio Pazos, Diego Freigedo y Enrique Iturralde. Los aspectos plásticos son óptimos desde la escenografía de reminiscencias coloniales de Jorge Ferrari, las luces de Eli Sirlin, el vestuario de Mini Zuccheri y festiva música de Sergio Vainikoff. Un plus: la bella voz del tenor Santiago Burgi en canciones de inspiración rural argentina. Finalmente podrá preguntarse ¿y Shakespeare? La respuesta: otra vez será.

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