2 de octubre 2009 - 00:00

Autoridad política versus valores

Mi amigo Antonio Roman ironizaba con que la política es el arte de buscar (crear) problemas, hacer un diagnóstico falso y aplicar un remedio equivocado. Luego, siempre buscan un culpable. En la reciente cumbre del G-20, que quiere ser el principal foro económico global, anunciaron que limitarán las bonificaciones de los banqueros, «causantes» de la crisis financiera.

Para la revista New Yorker es mala la forma de retribución, bonus u opciones sobre acciones, de los ejecutivos. Según el diario El Economista, los gestores de los hedge funds cobran 2% de los activos que gestionan y se quedan con el 20% de las ganancias. Esto produciría una excesiva avidez.

En realidad, la crisis comienza con algo sencillo: la irresponsabilidad de la Reserva Federal, que bajó las tasas al 1% provocando una exagerada toma de créditos, luego incobrables.

Insólitamente, los políticos salvaron a sus acusados y anunciaron, para empezar, inyecciones de fondos por más de un billón y medio de euros que pagan los contribuyentes. Los directivos de AIG pasaron un fin de semana en Monarch Beach para celebrar que les habían inyectado 85.000 millones, y gastaron más de u$s 440.000, a costa de los ciudadanos.

Madoff, por su parte, demostró para qué sirven los reguladores: cuando había fuertes sospechas en Wall Street de que era un engaño, la SEC lo inspeccionó, no encontró irregularidades y le dio certificado de seriedad, acallando a sus críticos.

Tras los escándalos de Enron y WorldCom, escuelas de Negocios, como la de Harvard, la Universidad de Maryland, de Columbia y Wharton reforzaron la enseñanza de ética. Sin dudas, una materia importante.

Por qué existe esta tendencia a violar las leyes. La moral, la ética, son las instrucciones para adaptarse al orden en que se desarrolla la naturaleza en general y, en particular, la naturaleza humana y social, decía la escolástica. Ahora, la violencia (la coacción), precisamente, viola el desarrollo natural (espontáneo) de las cosas, aseguraba Santo Tomás.

Así, cuando un Estado impone a las corporaciones (o a cualquiera) regulaciones a ser cumplidas coactivamente, es comprensible que los individuos se sientan naturalmente inclinados a desobedecerlas. Por caso, ¿es condenable un empresario que evade impuestos excesivos que destruirían su empresa? Para evitar cargas fiscales, los ejecutivos de Yahoo, Apple y Google en 2006, ganaron un dólar como salario, ¡pero millones en opciones y bonos!

Esta violencia estatal se traslada hacia el interior de las empresas. Al explicar el próximo seminario de Elena Espinal en Madrid sobre coaching, basado en el positivo liderazgo moral diametralmente opuesto a la «autoridad» coactiva, otro amigo, Borja Milans del Bosch, decía que hoy «el fin justifica los medios», con tal de alcanzar un «objetivo válido», todo vale: forzar los horarios, las voluntades, vale ser doblemente ambiciosos, frustrar a los equipos, vale si lo hacemos en tiempo récord con trampas... Me vienen a la memoria los 24 empleados de France Telecom que se han suicidado hasta ahora.

Y la solución pasa, precisamente, por retomar los valores innatos de la persona. Respeto, generosidad, responsabilidad, etc. En una clasificación de los hombres más influyentes del mundo empresarial, de Fortune, primero aparecía Steve Jobs de Apple, que revolucionó dos veces el mundo, en 1977, cuando lanzó la Apple II iniciando la era de las computadoras personales y en 1985, cuando Macintosh estrenó su interfaz gráfica, referente para otros sistemas.

¿Cuánta ayuda estatal obtuvo Jobs? En un discurso en la Universidad de Stanford lo aclaró. Nunca llegó a graduarse. Era tan pobre que, mientras asistía a la universidad irregularmente, dormía en los pasillos e iba los domingos a un centro religioso para tener una comida normal. En un garaje comenzó su empresa, sin «ayudas» estatales para educación, ni investigación y desarrollo, sin subsidios ni créditos, sólo con su iniciativa personal y gracias, eso sí, a la libertad que tuvo para hacerlo.

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