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Avanza otro casillero Kirchner hacia candidatura
Néstor Kirchner ayer en Chivilcoy, como parte de la gira de sondeo de su casi inevitable postulación en la provincia. Lo recibió protesta chacarera.
Ahí nomás buscó distraer: «Pero ya llegará el tiempo de hablar de elecciones», tiró una gambeta torpe. No alcanzó: arriba y abajo del escenario los entendidos se cruzaban miradas y sonrisas pícaras en el lenguaje críptico de los que se creen sabedores de un secreto.
Si no hubo palabras precisas, el montaje no dejó dudas. En Chivilcoy, la nueva tierra santa K en Buenos Aires, el patagónico se vistió de candidato no declarado para, en etapa de sondeo, medir pasiones y lealtades entre la tropa bonaerense.
La escenografía la diseñó Florencio Randazzo, ministro del Interior, en su pago chico. Todo responde a un gran ensayo: a las apariciones de Kirchner en el conurbano, se sumó ayer su presencia en el interior, patria que recela -y algo más- al patagónico.
El pantallazo fue brumoso. Un puñado de productores -éstos dijeron que eran 300; el Gobierno, que sumaban 20- protestó contra la visita. Hubo, como en otros shows similares, un desfile de uniformados. Alguien contó cientos de efectivos para custodiar al ex.
En ese rubro, lo de Kirchner sirve de previa a la gira de Cristina de Kirchner hoy por Córdoba. El definitivo informe de seguridad oficial sobre el «camionetazo» en Chivilcoy será leído antes de que la Presidente levante vuelo hoy hacia Villa María (ver pág. 14).
Con el foco en octubre, permite en un testeo -todavía prematuro- lo que el patagónico genera en la Buenos Aires rural. Es en esos dominios, donde el PJ siempre patinó y Kirchner, por arrastre y méritos propios, nunca logró hacer buen pie.
Por eso, el patagónico se codea con Daniel Scioli. Una magia -inexplicable como toda magia- preserva al gobernador del deterioro que, en el interior, arrastró a los Kirchner a rangos indecibles de rechazo. Bahía Blanca: Néstor mide 9; Cristina 12; Scioli 35.
El ex presidente, aplicado alumno de Eduardo Duhalde, apuesta sin embargo todo al conurbano y es allí donde, asegura, saca la diferencia para rondar el 40% en octubre y, con ese caudal, quedarse con el primer escalón del podio. Admite, igual, que debe pelear el voto rural.
Vuelos
Ladeado por Randazzo, Scioli, el vice Alberto Balestrini y el alcalde local, Ariel Franetovich, Kirchner amontonó al PJ/FpV del interior, mimó a los intendentes y se paró, otra vez, como el defensor público número uno del Gobierno. No se olvidó, claro, de la oposición.
«Por mucho menos, algunos huyeron en helicóptero», dijo en una referencia obvia a Fernando de la Rúa (y a varios de los funcionarios que heredó de la Alianza, como todo el Frepaso), pero para, aggiornado, castigar el armado anti-K que definió como una «alianza residual».
«Si escaparon por la crisis nacional (en 2001) -dijo-, si tuvieran que enfrentar la crisis internacional, no pararían de dar la vuelta al mundo». Tiró otro parrafazo: «Hablan, pero cuando deben jugarse por el país, huyen y dejan la responsabilidad a otros».
Lo demás, sobre la base del concepto de que el «público siempre se renueva», fue libreto repetido: compromiso del Gobierno para defender el empleo y la actividad económica, abrazos a la distancia de Cristina de Kirchner a los militantes y autoelogio al hipotético modelo económico K.
Enriqueció el anecdotario cuando comparó el crack financiero internacional con la caída del muro de Berlín. Quizá por prejuicio no se anima a decirlo, pero Kirchner está a un tranco de hormiga de declararse a sí mismo como gestor de una nueva tercera posición.


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