Sin su fraterno adlátere en “Pimpinela”, Lucía Galán puso más fibra que caudal en la interpretación de “Primero yo” en el Teatro Colón.
La ausencia de La Princesita Karina, estrella cumbiera inicialmente anunciada para participar de este recital, puede ser atribuida al vendaval de críticas virulentas que suscitó entre los frecuentadores y artistas vinculados al Colón la posibilidad de que la cumbia sonara en la mítica sala. Pero los organizadores se dieron el gusto cuando promediando la velada Varano avanzó para evocar a las grandes voces argentinas ausentes de la noche (ni rastros de Delia Rigal, Helena Arizmendi o Adelaida Negri) y el "No me arrepiento de este amor" de Gilda esta vez no la hija de Rigoletto- se dejó escuchar junto a jirones de las voces de Tita Merello, Libertad Lamarque, Mercedes Sosa, Estela Raval y Lolita Torres.
Jorge Ibáñez ideó elegantísimos modelos en beige y dorado para cada una de las estrellas, idea que les confirió unidad (más allá de que el color claro no sentara tan bien a las más corpulentas) y las destacó sutilmente del clásico vestuario negro de las mujeres de la orquesta. Llamaron la atención el pronunciado tajo de Morelo, la falda de tul con la que se pavoneó Cantilo y el traje de sirena, íntegramente dorado y muy en su estilo, de Lynch.
Mientras lo popular tenía su fiesta en la sala grande, el acontecimiento que el mundo de la música académica festejaba en distintos puntos del planeta (100 años exactos del estreno de "La consagración de la primavera") era conmemorado bajo tierra, en el espectáculo "Stravinsky Boxing Club" de Gastón Solnicki montado en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC).
La costumbre proveniente de la tradición italiana- de gritar "brava" a las cantantes líricas estuvo aquí completamente ausente, no así los habituales epítetos "genia", "ídola", "diosa", "única" y "loba" con los que el público adornó a las estrellas.
En las palabras previas a sus respectivas performances, las "elegidas" desnudaron, más o menos previsiblemente, sus emociones. La más osada resultó Virginia Tola, quien afirmó que nunca había sentido en el Colón la calidez de un público como ése. Un público que reconoció sin prejuicios (esos que otras audiencias pueden poner en juego) la absoluta superioridad vocal de la soprano santafesina, que se dejó envolver por su magia y confirmó que el aplauso más grande suele ser para la voz que trepa más alto.
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