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Avatares de TV
Benjamín Vicuña (Pedro) se le reapareció como fantasma del amor a Graziani (Julio Chávez) en el último capítulo del drama de abogados “Farsantes”.
•Gabriela, una de las azoradas a la mesa, venía de tomar una decisión. O mejor dicho, Graziani y Marcos la habían tomado antes por ella, aconsejándole que no se casara con Antonio/Osvaldo (Esteban Lamothe), quien finalmente quedó en su casa cuidando a su madre, Aída (Leonor Manso), que tomaba helado en la cama. La confundida abogada no tenía claro si debía esperar a Alberto (Facundo Arana), a la sazón en la cárcel y con dos semanas por delante ("no sé si me querrá cuando salga", se lamentaba la letrada). Es decir, la misma duda que persistió durante toda la serie, y que ni los guionistas ni ella pudieron dilucidar. Quien la resolvió fue la pelea entre Chávez y Arana, que motivó que este último la abandonara a ella. Y a la serie. Tanto malestar ha de haber quedado en el set que, cuando Graziani le aconsejaba a Gabriela no se embarcara en un matrimonio no deseando (con Antonio/Osvaldo), su pronunciación del nombre "Alberto" acusó un ligero temblor de rencor.
•Eso no fue todo: los elementos de suspenso de anteanoche mostraron a Mendoza (Mario Pasik), el aborrecido hermano, apuntando con una pistola a Graziani, mientras éste lo bravuconeaba, "matáme, dale, matáme". No estaba mal, como tampoco lo está (son recursos para prolongar ese suspenso) alternar la edición de una escena de ese tenor con otra situación dramática. Pero, ay, lo penoso fue la elección de esa contraescena: Marcos, con su aplastante humanidad, copulaba con su esposa --ahora con la pasión recuperada--, en el interior del baño del estudio, mientras los sorprendían su propia hija y Gabriela. Había que frotarse los ojos para creer en lo que se estaba viendo (los espectadores, no los personajes). El rapto amoroso continuó más tarde en un restaurante, con una contundente calificación de la hija sobre aquello que habían vuelto a hacer sus padres en otro baño, ahora el del restaurante, y hubo que esperar que tanta pasión concluyera para ver, de inmediato, cómo Mendoza también deponía su pistola, y la policía se lo llevaba. Dura lex, sed lex.


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