Belgrano, “caserón de tejas”

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Martina tiene turno en el médico, y si bien va en auto desde Palermo, siente que Belgrano está a trasmano y no calcula el tiempo para llegar a horario por el tránsito. Será como dicen sus habitantes: «Belgrano es un país». Su apuro fue en vano, la secretaria le avisa que el doctor está atrasado. Pregunta: ¿cuánto tiempo tengo? -alrededor de media hora- entonces avisa que volverá en un rato.
Al bajar pensó en ir a tomar un café o ver alguna boutique para matar el tiempo, sin darse cuenta de que estaba a la vuelta de la casa donde habían vivido sus tíos y primos casi 30 años. Ahí no dudó en salir a caminar por el barrio, cuando de pronto esa casa, la de su infancia, era ahora una inmobiliaria de frente vidriado, el cual permitía ver la boiserie del living y el patio de baldosas negras y blancas de la época. Por un momento recordó su historia, se vio jugando en su infancia junto a su familia.
Como la sensación fue muy fuerte, siguió caminando por la calle Mendoza, observando asombrada las casonas viejas, ahora usadas la mayoría en forma comercial. Fue el caso de la escuela de Reina Reech, donde Martina también hizo un alto, ya que el baile es otro de sus sueños y placeres. Entró para preguntar por los cursos que empiezan en marzo, pero en la sucursal Palermo.
En la caminata encontró casas hechas por reconocidos arquitectos,
una diagonal de árboles añejos, que desembocaba en las Barrancas de Belgrano. Pensó cuánto hacía que no caminaba la zona y qué poco recordaba las casas del barrio de su niñez, o quizás por la edad de ese entonces no pudo admirar su belleza. O tal vez porque todas eran iguales: viejas y grandes casonas.
La caminata valió la pena, pensó, volvió al médico, nostálgica y feliz en su recorrido de «techos, ventanas, diseño y tejas». Al subir a su automóvil estacionado en Mendoza, decidió bajar por esa calle hasta Libertador, pero al cruzar la vía, se topó con negocios chinos. Como no había gente, decidió parar a ver y ahí su asombro fue aún más grande: se encontró en «otro país», una mezcla de culturas orientales en un radio de cuatro manzanas, aunque en realidad todo pasa en dos cuadras principales, sobre la calle Arribeños entre Juramento y Olazábal, estación de tren Belgrano.
Mirar, comprar, conocer
No sabía para dónde mirar, ni qué hacer: comprar objetos chinos, clásicos o exóticos, calzados con puntos de reflexología, adornos, kimonos, etc. Pero empezó con lo que a toda mujer le tienta: la moda y si uno aplica el buen gusto, mucho no cambia a lo que podría suceder en un local londinense o neoyorquino del Soho, donde la ropa está en recovecos o percheros y se puede encontrar algo que uno diga «esto es un must para diferenciarse del resto». El problema es el tiempo que demanda, aparte la atención no es de la mejor, ya que los comerciantes están más preocupados porque no les roben que por vender y los vendedores observan con miedo.
El shopping lleva mucho tiempo y ya la luz no es tan buena para sacar fotos. Otra pasión de Martina, que no va a ningún lado sin su camarita, no porque sea fotógrafa, es otro hobby (por el nivel de la máquina). Le gusta pasear y sacar fotos hasta de los faroles y las cúpulas de Buenos Aires. Siempre sus amigas saben que si se juntan hay una postal para ver.
La primera vez
Martina ya había oído hablar del Barrio Chino, pero nunca se le había ocurrido ir. Sabía que algunas amigas, fanáticas del yoga y la comida sana, compraban allí sartenes para cocinar al wok, salsa de soja para comer sushi, algunas algas, condimentos, hierbas y cosas naturales. Pero de ahí a ir a visitar el lugar había un largo trecho. Se imaginaba calles sucias, con olores fuertes, mucha gente. Sin embargo, esas dos cuadras fueron increíbles, repletas de restoranes chinos con nombres bizarros, también japoneses, taiwaneses.
De pronto comienzan a arribar turistas que comen más temprano, hay gente de la embajada rusa, norteamericanos, brasileños y argentinos que llegan cerca de las 9. Media hora más tarde algunos restó ya están completos.
Los supermercados son un refugio obligado para comprar de todo a buen precio. Eso sí, las mismas cosas cuestan diferente de un local a otro. Uno piensa que puede regatear (costumbre internacional) pero no, en el Barrio Chino es una regla que no funciona. Si algo gusta se paga; si no, hay que dejarlo. Tampoco les gusta que uno pague con tarjeta de crédito. Recorriendo, Martina encontró a un matrimonio habitué y al conversar sobre los precios, preguntó: «¿No funciona la rebaja?». El señor le contestó: el BIB se complica. Lo que le estaba dando a Martina era una pauta del nivel cultural de la zona. Ella pensó: ¿será «black is beautiful»?, ahora que estamos en la era Obama. Sin embargo, se enteró de que se trataba de un término económico fashion usado por la gente de negocios para hablar del mercado negro.
La charla siguió, sobre todo con el marido, mientras la mujer hacía sus compras. Martina le comentó sobre un negocio de ropa de diseño en la esquina, las dueñas son dos hermanas taiwanesas, una de ellas Magali, nombre que usa acá, es violoncelista, muy culta, amante de la ópera y diseñadora de moda, los modelos que comercializa son exclusivos y caros, pero lo valen.
Martina miró de reojo el reloj. Ya era tarde, y cansada decidió continuar este viaje «por oriente» otro día. El sábado siguiente regresó con dos amigas al restorán más conocido y tradicional, el primero, instalado allí hace más de 20 años. Su nombre es Todos contentos, para nada un nombre que se asocie a la comida china. A sus amigas les pareció cómico. Sus comienzos datan del año 1976, cuando una familia taiwanesa decidió instalarse en la Argentina. Fue el primer ícono del barrio, al cual le siguió un supermercado al lado, propiedad de los mismos dueños. Ahora el lugar es bastante grande y sólo se acepta efectivo. La anfitriona que buscó Martina para saber del lugar, Yi Feng Cheng, pudo contestar a pocas preguntas ya que el local empezaba a llenarse, pero le dio su número telefónico. Yi Feng Cheng contó que la dueña era su tía, que su padre creó en Formosa la empresa Frutasia, donde tiene cosechas frutales, sus principales cultivos: mango, carambola, lychee, mamón y maracuyá, frutas del Asia que son aconsejables para mejorar la salud. Las carambolas son también llamadas frutas estrella, consumidas por los diabéticos, quienes reconocen que les hace disminuir el exceso de glucosa en el organismo.
Al terminar la comida esta mujer ofreció al grupo lychee, una fruta de las regiones cálidas, con sabor dulce muy agradable. Martina preguntó por qué Formosa y Andre, su nombre argentino, explicó que en esa provincia se dan los factores ideales para cultivar, porque cuenta con una tierra apta y perfecta para esos frutos exóticos.
Cuando se retiraban, ingresó al local Juana Patiño, cantante de tangos arrabaleros, miembro de APTRA, que otorga los premios Martín Fierro y Ace, al teatro. Ella grabó un CD «Atrevidas Tango» y también entrega este premio a las mujeres que se destacan en el amplio campo de la cultura. Junto con ella Eugenia De Chikoff, la hija del conde ruso, especialista en modales y en «cursos de ceremonial y protocolo», algo que fascina a Martina, por ser organizadora de eventos sociales y empresariales.
Eugenia cautiva sólo con su presencia, por eso Martina le dice que se puede aprender, recordando a «My fair lady», el film, basado en la obra de teatro Pigmalión de George Bernard Shaw, pero también se lleva adentro o se incorpora desde la infancia, es un don y E.K. lo tiene.
Paz, armonía y calidez
Eugenia dice que vivió en China y va al Barrio Chino a comer y a pasear, ya que le transmite paz, armonía y la calidez de la gente le hace bien. Si ella lo dice, imposible de objetar, ya que su calma al hablar es contagiosa, pero Martina y sus amigas están apuradas por mirar y se sienten molestas de tener que conversar rápido, así que quedaron en verse en el restorán Las Cañas en el Complejo La Plaza, donde el verde y los teatros son también un microclima de Buenos Aires.
Antes de coordinar un nuevo encuentro, Eugenia sugirió: «No dejen de ir al templo budista», y obedeciendo órdenes fueron hacia allá. Es sobre Montañeses, tan simple que pasa inadvertido. Tocaron el timbre, estaba cerrado, pero igual pudieron entrar. Dejaron sus zapatos en la entrada al templo en el primer piso, desde donde se escucha una cálida y dulce música proveniente del mu-yu o «pez de madera», originalmente un instrumento de acompañamiento para las ceremonias religiosas. Posteriormente se ha convertido en pieza de acompañamiento de orquesta. Su nombre se debe a que está hecho de madera y externamente tiene la forma de un pez. Existen mu-yu de dos tamaños, los grandes tienen un tono grave, mientras que los pequeños, un tono agudo. Utilizan un martillo de madera para golpear la parte de madera, produciendo el sonido propio dentro de una orquesta. Con frecuencia, el mu-yu se alterna con el badajo para marcar los compases altos y bajos. Saludando con las dos palmas de la manos juntas llega el instructor (Chán, para China, Zen para Japón) Ricardo Jauregui y cuenta lo que Martina quiere averiguar del mundo oriental: él tiene su maestro y estudia para ser monje budista, y al terminar se va a un monasterio en Taiwán o Shri Lanka.
Martina preguntó por qué había tres grandes Budas en el altar central y el explicó: «El medio es Shakyamuni, el maestro original y fundador del budismo, el Buda histórico que nació hace más de dos mil quinientos años en la India septentrional. A la izquierda, Bodhisattva Ksitigarbha «Tesoro de la Tierra», él ha prometido permanecer en los infiernos ayudando a todos los seres que necesiten ser liberados. El más renombrado por su gran voto. Y a la derecha Bodhisattva Avalokitesvara, escucha los sonidos (súplicas) del mundo, vendrá en ayuda de quien invoque su nombre. También adelante y a los costados del altar están los Budas guardianes.
Para terminar con la explicación y saber la diferencia con Occidente, Martina preguntó: ¿Al vivir en la tierra, cómo se lo venera, como un dios?, ya que ustedes no creen en el alma. El sánscrito buddha es un epíteto y quiere decir «despierto», también conocido en Occidente como «iluminado». Existen muchos Budas en el universo. El Buda histórico y el que enseñó el dharma en la tierra nació en 563 a.C., no fue un dios sino un humano que alcanzó la iluminación o despertar a través de su propia práctica y compartió los beneficios de su despertar viajando por toda la India, con sus discípulos, enseñando y divulgando sus principios a las personas hasta su muerte a los 80 años. Dharma: la ley cósmica, le ley que determina el orden del universo, el fundamento de toda existencia.
Es mucha información y las amigas de Martina la miran como para irse a tomar el té. De haber sido por ella seguía averiguando, pero dijo Jauregui: «El budismo es energía, es el acá, no nos aferramos a lo material como los occidentales, ya que no creemos en el alma. Es el acá, uno vive en el paraíso o imperio y vive feliz». Sin poder tocar a la gente volvió a juntar las manos igual que nosotras e invitó a las visitantes a regresar cuando quisieran. El nunca sale a la calle, excepto alguna compra urgente o una necesidad.
El té prometido se concretó en BuddhaBA un restó-bar donde las culturas de Oriente y Occidente se fusionan creando un espacio mágico y único. Muy bien ambientado, impecable en su decoración, además tiene una galería de arte, salón de te y un jardín acogedor.
Es un lugar ideal para escapar de las tensiones diarias. Martina, que le gusta viajar e invierte en eso cuando puede, dijo: «Vieron, con crisis y todo estuvimos en China y sin gastar casi nada».

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