24 de agosto 2009 - 00:00

Bernanke aún no vende piel del oso

El año que vivimos en peligro, por fortuna, concluye de mejor manera. Sin ambages, Ben Bernanke, el titular de la Fed, bendijo una recuperación inminente.

Los ecos del cónclave de Jackson Hole -la cita parroquial de banqueros centrales, que es feria compartida de experiencias y usina de pensamiento- son unánimes. Con una claridad extraña al oficio, celebran, por vez primera en los tres últimos años, un horizonte que se despeja rápido de los nubarrones más densos. La recuperación de la economía ya está en la fragua; cortesía -como se congratuló Bernanke- de la respuesta de los hacedores de política que, en EE.UU. y alrededor del globo, no dudaron en reaccionar con «velocidad y energía» -y toneladas de moral hazard- para doblegar la tormenta. Las críticas o las objeciones a tamaño despliegue, enfáticas otrora, callaron. Pero, a los ojos de las propias autoridades, la faena dista de haber terminado. Todavía hay que amarrar firme la carga y asegurarse de que se realice el despacho. A diferencia de las Bolsas, las autoridades no pueden vender la piel del oso antes de haberlo cazado.

Cuando Bernanke se doctoró, Stanley Fisher fue su tutor de tesis. Hoy Fisher comanda los destinos del Banco de Israel. Y el consenso espera que sea el primer banquero central en impulsar un viraje e izar las tasas de interés. No obstante, Fisher, nativo de Zimbabue, alertó a sus colegas sobre los riesgos de pensar que ya se dobló el Cabo de Buena Esperanza. «Es demasiado temprano para declarar que la crisis terminó», dictaminó en Jackson Hole. La salud de la banca, coincidió Fisher con su ilustre discípulo, es un terreno que exige más atención. Bernanke no fue menos explícito. «Debemos ocuparnos en forma urgente de las debilidades estructurales del sistema financiero, en especial de su marco regulatorio -dijo-, para asegurarnos que los costos enormes de los últimos dos años no se repitan».

Es verdad que se aventaron los temores de un colapso de las finanzas. Y que aun la caída persistente de pequeñas y, ahora también, medianas entidades en EE.UU. no los vuelven a atizar. Pruebas al canto: en los dos últimos fines de semana, nueve bancos sucumbieron, para totalizar ya 81 (sólo en lo que va de 2009). Instituciones que no son modestas -como el Colonial Bancgroup (u$s 25 mil millones en activos) o, este viernes, el Guaranty Bank de Austin (u$s 13 mil millones en activos y más de 150 sucursales entre Texas y California)- militan entre las víctimas recientes. Ambas pertenecen, por derecho propio, al «top 15» de los mayores tropiezos bancarios de toda la historia de los EE.UU.

La lectura es doble. Las penurias crediticias persisten aunque ya no invadan las primeras planas. Para las entidades «prescindibles» -cuya desaparición no entraña riesgo sistémico- los percances son graves; cuestión de vida (si consiguen reestructurar sus obligaciones o capital fresco, como logró CITI) o muerte. A su vez, el hecho de que entre los caídos figuren instituciones de mayor tamaño dice mucho de la visión de los reguladores: revela una confianza en ascenso sobre los mercados y su creciente capacidad de absorción de daños. Así, la osamenta del Guaranty Bank, por ejemplo, terminará en poder de BBVA Compass.

En el simposio que organizó la Fed de Kansas City, Bernanke enumeró los progresos pero también deslizó la existencia de varios «desafíos críticos» a resolver. Estos pasan por las tensiones que subsisten en mercados financieros de todo el mundo, los quebrantos adicionales que todavía los bancos deben afrontar y las dificultades de empresas y hogares para el acceso al crédito. Por todo ello, a la hora de esbozar el futuro, Bernanke se inclinó por una recuperación económica lenta y morosa, menos vibrante que el patrón acuñado por otros episodios similares en la posguerra. En esa postura encontró, entre sus colegas, abundante compañía. Comenzando por su mentor, Stanley Fisher: «Hay buenas razones -aunque no son concluyentes- para esperar una recuperación subestándar». Siguiendo con los halcones de Europa: el mandamás del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, no dudó en ir un paso más allá. El banquero francés no ocultó su incomodidad ante la noción en boga, reforzada por la aparición de indicadores favorables «uno aquí y otro allá»- de que ya se retornó a la normalidad. En su opinión, «es muy temprano para decir que una recuperación económica puede sostenerse». En una misma sintonía, como quien anticipa el frente de batalla de donde provendrán los nuevos reclamos, Ken Rogoff -quien fuera economista jefe del FMI- subrayó que la Fed no debe apurarse en comenzar a ejecutar la estrategia de salida de sus políticas de aliento. En ese sentido, un veterano de línea, Donald Kohn, ahora vicepresidente de la Fed, defendió el compromiso de la entidad de mantener tasas bajas por un tiempo extendido (refutando las críticas del profesor Carl Walsh). Y el prototipo del halcón por definición, Axel Weber, presidente del Bundesbank (e integrante del Consejo Monetario del BCE), lejos de agitar puñales, recordó que el camino de la recuperación no tiene por qué ser un lecho de rosas. No se puede descartar un recorrido muy poceado. Turbulento. Y, por lo visto, sin siquiera la necesidad de que los bancos centrales se propongan zarandear la carga.

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