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Berni vs. Garré, ante una crisis anunciada
Renuncia, efecto «bolsillo» y sindicalización
Sergio Berni
Berni padeció ayer la certeza de un pronóstico -el suyo- que, sin embargo, no generó una reacción a tiempo de Olivos ni, tampoco, un giro de Nilda Garré que, enemistada con el secretario, se refugia en que aplica a rajatabla un fallo de la Corte sobre los salarios.
Hace 20 días, por varias vías, desde Prefectura se avisó del clima hostil. Berni puso sobre la mesa el compromiso de «tumbar» la resolución que le restó, según los uniformados, del «30 al 60%» de los sueldos, aunque el Gobierno habla de «hasta un 40%».
Entre el lunes y ayer, los prefectos se encontraron con los descuentos en sus resúmenes y el malestar se canalizó en la protesta de ayer. Hay, en paralelo, rumores de una reacción similar entre jueves y viernes, pero por parte de personal de Gendarmería Nacional.
Paternal
Berni, de hecho, operó con las cúpulas de ambas fuerzas a las que le pidió «tiempo» para resolver la cuestión salarial. Corre de atrás: gastó una carta cuando, apenas trascendió la medida, juramentó que se pondría al frente de la cuestión para evitar los descuentos. No lo logró.
El secretario de Seguridad, en la práctica un ministro bis, se recostó excesivamente en la «empatía» que dice tener con los uniformados, y expresa en sus modismos de militarismo paternal: suele asistir, en persona, a los efectivos en conflicto o visitar a sus familias.
De ese modo, aunque sea su naturaleza, Berni, más que compensar lo que para los uniformados es una deficiencia de Garré -vista por las fuerzas como una fi-gura ajena-, magnifica la distancia con la ministra, y la vacía. Utilitaria, Cristina de Kirchner lo deja hacer.
Sin embargo, el límite de ese voluntarismo es el bolsillo. El recorte de los salarios sobrepasó toda cercanía. Un Gobierno peronista, aunque prefiera citar a Evita antes que a Juan Perón, debería recordar aquello de que la víscera más sensible es el bolsillo.
Dominó
Es la llama de todos los fuegos contra el Gobier-no, en algunos casos por el «cepo» al dólar, en otros por la inflación o, en el caso puntual de las fuerzas de seguridad, por la aplicación de un ajuste «legal» a partir de un nuevo esquema de liquidación de haberes.
Es, por ahora, una medición incierta pero ¿cuánto influyó en la movilización de los prefectos la percepción de un malestar general? Es inevitable, aunque en Casa Rosada lo reduzcan a un componente salarial, enhebrar la protesta con otros episodios de desafío a Cristina de Kirchner.
Algunos de carácter puramente político, como los de ciertos gobernadores, otros con ropaje gremial, como los de Hugo Moyano o Los Dragones, o sectoriales, como los acuartelamientos policiales en Santa Cruz y Chubut. Al margen, el cacerolazo del 13 de septiembre.
Ayer, frente a un episodio que aunque anunciado tomó por sorpresa a sectores del Gobierno, se montó un gabinete de crisis para diseñar una ecuación que permita cumplir con la medida judicial pero, ante todo, descomprimir la queja de los uniformados.
El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina; el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, y Berni -en contacto con Lima, donde se encontraba Cristina de Kirchner- buscaron una fórmula que, a media tarde, sólo consistía en la promesa de regularizar, retroactivamente, los salarios.
Lo demás, folclórico, reavivó cuestiones como el derecho a sindicalización de las fuerzas de seguridad y policiales. Meses atrás, el creador de la Policía Aeroportuaria en tiempos de Néstor Kirchner, empuja un plan para la Bonaerense, idea que ayer brotó en la concentración de prefectos.


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