Betina González: “Escribir es encontrar formas de libertad”

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• DIÁLOGO CON LA AUTORA DE "ARTE MENOR" SOBRE "EL AMOR ES UNA CATÁSTROFE NATURAL"
La narradora es argentina y profesora de literatura en El Paso, Texas. Sostiene que oscilar entre dos lenguas es ventajoso para un escritor.

Cuentos que demuestran que el rencor dura más que el amor, que una historia dramática da grandes beneficios, la crisis del 2001 como si no hubiera ocurrido en la Argentina, cuentos que se cierran en una intriga cuyo protagonista reaparece inesperadamente en otro relato y que parecen escritos por una consagrada escritora norteamericana son parte del menú de "El amor es una catástrofe natural" (Tusquets) el nuevo libro de cuentos de Betina González. Magister en creación literaria en la Universidad de Texas El Paso, profesora en la UBA, González lleva publicados cinco libros, ganó con "Arte menor" el Premio Clarín de novela, y con "Las poseídas" el Premio Tusquets. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Qué la llevó a alejarse de la Argentina para contar sus historias?

Betina González: No creo haberme alejado. Hay 5 cuentos, de los 13 del libro, que parecen ocurrir en nuestro país; está la pampa, el campo, una aristocracia venida a menos. Esa decisión fue ocurriendo. Escribir es encontrar formas de libertad. Piglia decía que cualquier escritor tiene como ideología, previa a lanzarse a escribir, la elección del realismo o la vanguardia. Mi camino al principio fue el realismo, aprender a contar una historia bien, que me fuera cercana, eso fue "Arte menor". Después me di cuenta de las infinitas posibilidades que había más allá.

P.: Y ahí recuperó la propuesta de George Steiner de una literatura que escapa al territorio como la de Borges, Nabokov, Beckett.

B.G.: Y de Deleuze, que en "Kafka, por una literatura menor" plantea la estética de la pobreza de lenguaje. Llegar a eso lleva años. Ese despojamiento enriquecedor no se puede planificar. Ezra Pound decía que lleva 8 años educarse como artista, y 8 años deseducarse. A mí me llevó años llegar a construir una narrativa extraterritorial.

P.: En "Cae una estrella" vuelve siniestra la crisis de 2001 contándola como si hubiera ocurrido en otro lugar, a través de la decadencia de una chica

B.G.: Habría sido otro cuento si lo hubiera escrito en 2001. La extrañeza de lo ocurrido, al borrar el lugar, da una nueva dimensión al drama. Entre mi primer libro de cuentos, "Juegos de playa", y los de "El amor es una catástrofe natural" pasaron diez años, que se corresponden con la década que pasé en Estados Unidos. Mirar desde fuera, un exilio sin exilio, hace reconcentrarse en la propia lengua, y tratar de mantener lo que no se puede mantener, o abrirse a esa especie de esquizofrenia permanente de estar en dos lenguas, dos culturas. Volver a la Argentina en mí no cambió eso. Lo sigo cultivando. Enseño en inglés en la Universidad de Nueva York en Buenos Aires. Para cualquier escritor el uso de otra lengua es una ganancia. Esa visión distanciada, ajena, al sacar la catástrofe de 2001 del lugar de lo conocido, tiene un efecto devastador. Yo buscaba cerrar el relato de un modo tranquilizador, pero la distancia lograda me impuso que la crisis no se acabó nunca, que la protagonista no se levantó más. Es el cuento de una caída.

P.: Frente al auge de la literatura del yo, usted se juega por relatos clásicos, que cuenten historias, que atrapen al lector.

B.G.: Hay en mi caso una toma de posición de volver a un clasicismo del relato, en la forma, no necesariamente en los contenidos. En "Lobos y diamantes", esa mujer que cuenta cómo escapó de un campo de concentración y sobrevivió gracias al cuidado de una pareja de lobos desnuda el valor de un relato bien construido. El embaucador pone en evidencia lo poderoso de la narrativa. La literatura del yo podía parecer en un momento un movimiento interesante pero ya está agotado. Inventar es más difícil, es un salto al vacío, pero tiene la virtud del desafío.

P.: Los 13 cuentos de su libro están dominados por historias de mujeres que despliegan una crisis o intentan superarla.

B.G.: Si mis personajes son mujeres es porque me interesa esa mirada, me da una forma de explorar distintos mundos.

P.: ¿Cómo superó los elogios y la palmadas en la espalda de José Saramago cuando premió su primera novela, "Arte menor"

B.G.: La suerte fue que el segundo libro yo ya lo tenía escrito. Por eso no se notó ahí el bloqueo de la palmada. Para el siguiente, "Las poseídas", pasaron cinco años. Hay que recuperarse del éxito. El éxito puede ser paralizador. Yo tomé la decisión cuando gané el premio de no volver a la Argentina porque fue apabullante. El premio me mostró lo extraordinario que es el salto entre el momento de la escritura y la edición. De la intimidad de la creación a tener que volverse un personaje. En la entrega del premio, en que yo era la chica que se lo había ganado, había un montón de escritores, entre ellos Fogwill. Me hizo un chiste y yo le dije: usted siempre parece que está puesto en su propio personaje. Me miró y me dijo: vos también te vas a tener que inventar un personaje. Superar eso fue para mí más difícil que los elogios de Saramago, entender que hay un circuito de lo público que hay que vivirlo porque es el modo en que se es escritor ahora. Antes se podía ser la loca del ático, la que vive encerrada, ahora no funciona eso.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

B.G.: Tengo terminado un libro para chicos. Son niños extraordinarios, la niña de fuego, el niño de barro, por ejemplo. Y lo que me gustaría intentar una novela que no ocurriera en esta época sino en el siglo XIX. Una historia que tengo en pausa es la de un científico que estudia el miedo como aprendizaje en los animales.

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