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Bicentenario: de la sensatez a una chance perdida
Ese acierto de origen evitó sumar combustible al fuego de la molestia social por el desmedido aumento de las tarifas, sobre todo de gas, en un invierno que llegó demasiado temprano este año. Un gran despliegue de recursos habría molestado a muchos ciudadanos agobiados.
A la moderación del gasto se debe sumar otra buena decisión: haberle dado un fuerte carácter federal a la conmemoración de un hecho que doscientos años atrás se irradió desde el interior y dio origen a la argentinidad.
Un tercer acierto fue haber sumado el componente militar, algo posible una vez que el país transitó por fin el camino de la verdad y la justicia. La participación de veteranos de Malvinas, tantas veces injustamente dejados de lado, fue el punto más emocionante.
Sin embargo, las celebraciones también merecen críticas.
La primera se vincula, paradójicamente, con el factor militar, que el domingo en Buenos Aires pareció excesivamente central en los actos, con profusión de desfiles y bandas. El espectáculo, con el público a un costado como espectador pasivo, no fue el más apropiado para dar forma a un festejo que debió incluir a todos los argentinos.
La participación de Aldo Rico, un hombre que protagonizó dos alzamientos contra la democracia, fue, asimismo, un evitable factor molesto, tanto para la comunidad en general como para los socios radicales del Gobierno en particular. Agravado, claro, con sus desafiantes declaraciones posteriores ("No necesito ninguna invitación del Gobierno, ni del Ministerio de Defensa (...) La única que me manda es mi señora"), que evidenciaron, por si hiciera falta, su desprecio por el control civil de las Fuerzas Armadas. Y tampoco ayudó la "aclaración" del ministro de Defensa, Julio Martínez, quien lamentó su presencia pero se confesó ajeno a ella.
La participación en Tucumán de veteranos del nefasto Operativo Independencia añadió un elemento más a la irritación, aunque aquella, seamos justos, no haya sido resorte del Gobierno nacional.
Una mención especial merece el discurso que pronunció en Tucumán el presidente Mauricio Macri, que abundó sobre la "herencia recibida" y sobre las dificultades de la coyuntura. No era el ámbito para eso.
Como si no hubiese tomado real conciencia del guiño extraordinario que le hizo la historia, ser nada menos que el jefe de Estado del Bicentenario, desaprovechó la oportunidad de inspirar, de tender puentes, de mostrar su visión. La alusión al spot sobre el esfuerzo colectivo de hacer una empanada fue el emblema de esa falta de sentido de la oportunidad.
Otro punto bajo fue su alusión a la "angustia" de los padres fundadores "por separarse de España", explicación dirigida al "querido rey" Juan Carlos. No era necesario presentar como doloroso lo que, entonces y ahora, debe ser motivo de regocijo.
Por último hay que citar la excusa del mandatario a concurrir al desfile de cierre por el cansancio que le produjo su gira europea, revertida sólo cuando la controversia arreció en las redes sociales.
Tanto en los aciertos como en los errores puede advertirse un deseo desmedido del Gobierno de diferenciarse del pasado. A los festejos grandiosos de 2010 se opuso una extrema austeridad. A la ausencia del factor militar en aquéllos se le puso como espejo una centralidad excesiva. Al discurso emotivo de entonces, otro desangelado y poco inspirador.
Acaso ése es el mensaje que más esperamos los argentinos. El de la acción cotidiana de un Gobierno que dé protagonismo a la gente sin timideces y que deje de condicionarse por la contrastación con el pasado reciente.
La Argentina que acaba de iniciar la larga marcha hacia el tercer centenario merece que le hablen de futuro.


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