Bicentenario: una fiesta popular a pesar de la mezquindad política

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Como exaltación del refrán criollo que celebra la argentinidad de Dios, el sol apareció el 25 y aportó el toque mágico para coronar el festejo masivo, intenso y contagioso del Bicentenario que, como virtud o como condena, agitó la pasión política.

La fiesta, aunque fragmentaria, lo dominó todo. A pesar de los tedeums paralelos, los duelos de cartel, los ausentes y excluidos visibles, las calles registraron la más imponente concentración de la historia argentina: más de dos millones de personas, sólo en Capital Federal. En los cinco días, superó los seis.

Quedan, como postales de un mismo álbum familiar, la gala del Colón con el protagonismo estelar de Mauricio Macri y la inauguración de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos que Cristina de Kirchner eligió de tribuna para su mensaje del Bicentenario.

Los dos ámbitos -el teatro; la galería- perdurarán. Los pormenores de cada episodio, con sus nimiedades y celos, tienen destino de anécdota. El lenguaje dominante fueron las banderas (incluso, o sobre todo, las partidarias) y el ánimo de celebración.

Cristina de Kirchner se garantizó su instante de gloria: ser la presidente del Bicentenario, celebración que, según confesó ayer, es su «obsesión» desde que asumió el Gobierno el 10 de diciembre de 2007. El fasto oficial -desde el Paseo hasta el desfile de anoche- fue magistral.

Ayer, desde Casa Rosada, la Presidente epigrafeó el tono y sesgo que se le imprimió a la celebración al recordar que para el Centenario, en 1910, la estrella principal fue la infanta Isabel de Borbón, pero que ella se rodeó de siete presidentes latinoamericanos.

El perfil americanista -en rigor, trazó la frontera en América Latina- es uno de los signos del septenio K que se cumplió ayer: un 25 de Mayo, pero de 2003, Néstor Kirchner asumió la presidencia que le entregó un ex socio ahora detractor, Eduardo Duhalde.

Es, también, uno de los elementos (sobre todo por determinadas alianzas, en particular la «estratégica» con Hugo Chávez por sus extensiones brumosas) sobre los que hacen fuego sus críticos.

Claroscuros

Ayer, en el discurso central, la Presidente -a su lado, todo el día, se movió su marido- repasó las diferencias con el Centenario respecto de los derechos sociales, la actividad sindical y la vigencia democrática.

E invocó, como tarea, la definición de un «proyecto estratégico» que unifique más allá de simpatías y pertenencias. Sobre ese párrafo, se largó a convocar «con mucha humildad» -con «absoluta humildad», remarcó- «a todos mis compatriotas, no solamente a compartir un día que es el Bicentenario, sino a compartir los 365 días del año, el esfuerzo de construir una Nación para todos».

En esencia, ese clima reinó, ayer, en las calles. El volumen de la movilización -algunos cálculos arriesgaban hasta cinco millones a lo largo del día de ayer- trasmitió ese mensaje. Pero las traducciones de éste son, siempre, parciales.

A Cristina, por caso, la perseguirá el karma de los olvidos y las exclusiones. Un puñado mínimo de opositores -Ricardo Alfonsín y Mario Das Neves, los más visibles- participaron ayer del acto en que se recordó a «patriotas latinoamericanos»: desde Ernesto Guevara hasta Eva Perón, Salvador Allende y Simón Bolívar. El Che y Evita fueron los más aplaudidos.

Un desafío para Sebastián Piñera, sentado en una tribuna ideológica distinta a la de los demás visitantes, que ni siquiera aplaudió cuando el locutor, en la enumeración de los patriotas retratados, mencionó a Bernardo de O'Higgins.

Algo, como siempre, hace ruido: la enunciación, apasionada y repetida de la Presidente, sobre la añoranza de una patria grande continental no fue celebrada, porque no fueron invitados o porque decidieron no ir, por la dirigencia local que aparece enfrentada con los Kirchner.

No hay un solo culpable.

En otro tramo, la Presidente abrazó quizá la única causa que no genera claroscuros: el reclamo por la soberanía en las islas Malvinas.

El show del Cabildo, tras la caminata presidencial -de los ocho, Cristina y los siete extranjeros por Plaza de Mayo- y el soberbio desfile, que siguieron desde el palco oficial, continuó la jornada que luego, sobre medianoche, completó una cena en el Salón Blanco.

En las calles, con o a pesar de los Kirchner y de los anti-Kirchner, todo era una fiesta. La fiesta esperada; la fiesta merecida.

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