Para el presidente interino, Michel Temer, la salida de Romero Jucá fue una "bomba política", a sólo once días de haber iniciado su Gobierno y, por el modo en que se desató el escándalo, nadie descarta que ocurran otros.
Jucá habló durante más de una hora con su compañero de partido Sérgio Machado, a quien le dijo que era necesario cortar la "sangría" del proceso judicial por corrupción en Petrobras.
Creyendo que estaba hablando con un amigo, le reveló otras cosas comprometedoras, como que había que terminar con el Gobierno de Dilma Rousseff para luego plasmar una suerte de "pacto" que impida nuevas investigaciones.
Jucá, el hasta ahora hombre fuerte del gabinete, confesó en aquella charla su temor a caer en la mira del famoso juez anticorrupción Sérgio Moro, responsable por la causa "Lava Jato" por estafas contra Petrobras.
El ahora exministro ni imaginaba que esa conversación con alguien que había sido su socio en varias maniobras ilegales estaba siendo grabada, y que el audio sería entregado al ministerio Público Federal.
A pesar de ser conocido por su astucia política, Jucá cayó como un novato en la celada que le tendió su antiguo amigo Machado, hoy colaborador de la Justicia a través de la figura de la delación premiada.
Jucá y Sérgio Machado pertenecen al Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), agrupación liderada por Temer.
A raíz de este "affaire", en el Congreso corría una broma entre los políticos: "Vos has hablado hace poco con Sérgio Machado, si es así estás condenado".
El rumor que circula en el Parlamento indica que Machado, investigado por el "Petrolão", tuvo otras conversaciones similares con políticos encumbrados. Y algunos no descartan que Machado "entregue" a muchos políticos, gracias a su rol de agente secreto improvisado.
Algunos diputados con varios años en la Casa recuerdan al expresidente Tancredo Neves cuando contaba cómo despistar a los agentes de la dictadura. Este, un hombre clave en la transición democrática, alguna vez dijo "por teléfono sólo se acuerda un lugar de reunión, y en lo posible que sea en un lugar falso para despistar a los servicios de inteligencia".
Mientras el tema de las escuchas es motivo de bromas en el Congreso, en el Planalto se teme que surjan nuevas grabaciones y estalle otra bomba política que afecte al presidente Michel Temer.
"Después de Jucá, el Gobierno teme que expresidente de Transpetro" Sérgio Machado entregue otras cintas a la Procuraduría, dijo ayer el diario O Estado de San Pablo.
El diputado Aguinaldo Riveiro dijo estar "alarmado" con las escuchas y los micrófonos ocultos que "están en todas partes".
"En todos los años que llevo trabajando en el Gobierno y en el Congreso nunca había visto tanta desconfianza entre los políticos. Hay un clima de vigilancia generalizada", sostuvo Riveiro.
El hábito de traicionar a cómplices para salvar el propio pellejo ante la Justicia lo estrenó el exdirector de Petrobras Néstor Cerveró, condenado por corrupción, quien a través de su hijo grabó al exsenador Delcídio do Amaral, del Partido de los Trabajadores.
Esa cinta fue entregada a la Justicia y ésta procesó al senador petista Amaral y benefició con la libertad condicional al exejecutivo de Petrobras Cerveró, debido a su delación premiada.
Esta moda de espiar y ser espiado ha derivado en que muchos políticos eviten hablar con sus colegas por teléfono y cuando se encuentran personalmente tomen algunos recaudos. Lo mismo ocurre con los despachos del Palacio del Planalto, el Congreso y el Poder Judicial, donde se redoblaron los rastrillajes para detectar micrófonos ocultos.
Ya fueron hallados algunos, el último de ellos ocurrió la semana pasada en la oficina del ministro Roberto Barroso, miembro del Supremo Tribunal Federal. El alto magistrado dijo estar "perplejo" al saber que su despacho había sido blanco de escuchas ilegales.
Las violaciones de la privacidad pueden ser legales o ilegales, y algunas se ubican en un limbo entre lo permitido y lo prohibido. En este rango ambiguo se ubica la pinchadura sufrida por la entonces presidenta Rousseff y el exmandatario Lula da Silva, en la que ella le recomienda firmar de prisa su decreto como nuevo ministro del gabinete.
Esa prisa era para permitir que Lula al ser ministro tuviera foro privilegiado y escapara al asedio del implacable juez Moro, que es de primera instancia y no puede ocuparse de altos funcionarios.
La conversación fue interceptada por Moro, quien luego debió disculparse y fue reprendido por el Supremo dado que violó normas fijadas por la seguridad nacional.
El juez estaba investigando a Lula pero esto no lo autorizaba a invadir una conversación de la jefa de Estado, mucho menos cuando ella no era objeto de averiguaciones.
| Agencia ANSA |


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