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Buen melodrama sobre diversos modos de amor
«Querido John» tiene un tono medio, sin llantos ni violines, pero que resulta conmovedor.
Es simple. No es una película impactante. Es una historia como tantas que muchos allá conocen, y con las que se sienten identificados. Un verano en la playa, una chica conoce a un muchacho bien torneado, surfista. No es California, es South Carolina, un detalle importante cuando se habla de mentalidades. Ella es conversadora, de buen carácter, buena familia, muy sociable. Él es más bien retraído, solitario, apenas tiene conversación con su padre que vive encerrado en sus cosas. Y tiene un pasado medio violento, de chico díscolo. Se canalizó y se controla en el Ejército. En las Fuerzas Especiales del Ejército. Ella sueña recibirse y armar una casa de campo donde chicos discapacitados puedan hacer equinoterapia. Él no sueña nada.
Pero cuando pasa lo del 11/9 enseguida vuelve a alistarse y se va con sus hermanos de armas. Se escribirán durante un tiempo: «Querido John», «Querida Savannah». Después, ya se sabe. Quizás ella encuentra alguien que la necesita más. Él vuelve, con grado de sargento, para acompañar al padre que ha sido internado. Hubo, a lo largo de la historia, algunas confesiones. Habrá algunos cierres tranquilizadores. Hay distintas formas de amor, hay deberes que se aceptan como algo normal a la persona. Todo eso, expuesto sin cargar nunca las tintas, sin ostentaciones, patrioterismo, ni frases hechas. La procesión va por dentro.
Película sencilla, de particular riqueza. Conviene atender cierta metáfora sobre las monedas, y una historia de vínculo familiar relacionado con ellas. Y la ausencia de madres, en una sociedad matriarcal como la americana. Y la presencia de dos padres que han debido criar a sus hijos con problemas. Uno de esos padres lo interpreta, con marcada sobriedad, el ya veterano Richard Jenkins. Otro lo hace Henry Thomas, el chiquito de «ET». Amanda Seyfried, de rostro imperfecto y expresivo, es la actriz protagónica. Channing Tatum, de rostro perfecto y apenas expresivo, el soldado, una de tantas monedas del Ejército, pero con ciertas marcas que la hacen valiosa. El sueco Hallstrom supo expresar el alma de muchos americanos. Y sabe coincidir, en el tono, con de uno de esos grandes directores de pequeña fama, Leo McCarey, aquel de «La cruz de los años», «El buen pastor» y «Algo para recordar». Ninguno de ellos alza la voz. Pero lo que dicen, penetra sutilmente en los corazones.


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