Las novelas policiales llevan al descanso, son un recreo para la gente, por eso es bueno que se las pueda llevar en el bolsillo, señalaba un editor estadounidense en los años 30, cuando era el éxito de los libritos "pulp", nombre que proviene del desecho de pulpa de madera con que se fabricaba el papel barato con que se fabricaban libros de encuadernación rústica, de venta en lkioscos de diarios. Y así como había libritos del tipo úselo y tírelo, se fueron jalonando obras de extraordinarios autores como Hammett, Chandler, Goodis, McCoy, entre otros. Junto a esos hoy clásicos de la novela negra aparecieron otros autores que publicaron unas pocas obras, dispersas en distintas colecciones y que asombran por su calidad y atractivo narrativo. (Sorpresas como encontrar en la porteña colección Rastros de los años 50 un policial que bajo el seudónimo de Daniel Hernández había sido escrito por Rodolfo Walsh).
Una grata sorpresa de esas características es "Uno es un número solitario" del olvidado, hasta en su natal Estados Unidos, Bruce Eliott. Y Eliott debió ser bueno como guionista para merecer la amistad de Orson Wells, al punto que le prologó uno de sus libros de magia, porque Eliott además de narrador y editor, era mago profesional y publicaba libros sobre la forma de engañar a la gente de un modo que la llevara al aplauso.
No se entiende cómo "Uno es un número solitario" no fue llevada al cine porque tiene un ritmo irrefrenable que recuerda a James Cain y a David Goodis. Es más, empieza con el protagonista levantándose de la cama y una prostituta que le dice "¿cuánto hace que no estabas con una mujer, cariño?", una escena para atornillar al espectador a la butaca. Y la verdad, hacía más de 4 años. Los que había pasado en prisión por haber cambiado la trompeta (era músico de jazz) por un revólver. En la cárcel recrudeció su tuberculosis y le sacaron un pulmón. Le quedaba poco tiempo, y no lo iba a pasar adentro. Con otros 9 presos logra escapar. Y como en los "Diez Negritos" de Agatha Christie los fugitivos comienzan a caer uno tras otro. Pero él sabe cómo escapar, cómo cambiar de peinado, de ropa, cómo asaltar a traficantes para que no lo denuncien y hacerse de dinero. Quiere llegar a México donde el aire seco y caliente le permitirá vivir unos años más. Pero se encuentra por el camino con Vera, una viuda tan alcohólica como peligrosa que le ofrece un trabajo normal y otro criminal, que es el que a ella le importa. Frente a esa dama surge una Lolita, Jay, que se pintarrajea para aparentar más edad, pero tiene 14 años y una febril sexualidad, y también un crimen para proponerle a Larry Camonille, que así se llama el pobre trompetista que quisiera llegar con su música a territorio de mariachis, y no a lo que el destino le tiene preparado. Al concluir este libro da ganas de leer otro de la magia narrativa del desconocido Elliott.
| M.S. |



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