17 de marzo 2011 - 00:00

Burbujas, cisnes negros y pánico

A comienzos de año, la exuberancia de los mercados de commodities hacía que algunos de sus participantes comenzaran a pensar en aquellos riesgos que podían provocar una caída. Cuando todo anda tan bien hay que preguntarse qué puede trastocar el estado favorable de los mercados. Sin embargo, estos análisis son limitados. Existe una tendencia a la extrapolación lineal e incremental que ciega la posibilidad de analizar eventos extremos o de ocurrencia improbable. En la mayoría de las empresas no se los tienen en cuenta ya que no estamos preparados psicológicamente para asimilar sus consecuencias en los negocios.

La incertidumbre está por delante y nubla el futuro. Los eventos recientes hacen prevalecer la lógica del «Cisne Negro» de Nassim Taleb, donde lo que no sabemos es más importante que lo que sabemos. Donde el mundo está dominado por lo extremo, lo desconocido y lo inesperado. Donde la historia no se puede usar para predecir un futuro que es cada vez menos predecible.

La tragedia que sufre Japón en estos días es un claro ejemplo de estos eventos. La concatenación de un terremoto seguido de un tsunami y una alerta nuclear en centrales construidas hace cuarenta años ha desatado uno de los episodios más dolorosos en la historia de ese país. A las pérdidas materiales y de vidas humanas originadas en la catástrofe natural hay que sumar el pánico a una crisis nuclear latente que puede ser aún más devastadora y que llevó al desplome de la Bolsa de Valores japonesa con una erosión de valor cercana a los 300 billones de dólares según cálculos del Société Générale.

La reacción natural frente a este tipo de eventos es de aversión al riesgo y está claro que los inversores prefieren estar líquidos y que los fondos especulativos deshacen posiciones en commodities o activos de riesgo para colocarse en modo de espera.

Japón es la tercera economía del mundo con un producto bruto de 5,4 trillones de dólares, cerca del 9% de la economía global. Está en el cuarto puesto del comercio mundial con un rol destacable en commodities tales como petróleo, metales y alimentos, principalmente maíz. El impacto en la economía japonesa se traducirá en una desaceleración del crecimiento global cuya cuantía no se ha dilucidado aún. Los productos japoneses están presentes en las cadenas de abastecimiento de la industria global y la escasez de inventarios ligada a un abastecimiento «just in time» pronostica la disrupción en muchas de ellas.

Por otra parte, la repatriación de capitales japoneses mantenidos en el exterior llevó al yen a su pico histórico frente al dólar por debajo de la línea de los 80 yenes. Se estima que esta repatriación se intensificará frente a la necesidad de fondos para hacer frente a la reconstrucción aunque se esperan medidas monetarias para evitar una innecesaria revaluación.

Por su parte, el Banco de Japón disponibilizó 265 billones de dólares frente a la crisis para mantener a las compañías operables hasta saber la magnitud de las pérdidas y hacer los reclamos a las compañías de seguros. La cuantificación de la magnitud de la destrucción llevará mucho tiempo. De hecho, todavía no está clara la extensión total del desastre ya que el desenlace de la crisis nuclear está en pleno desarrollo.

Nada puede prepararnos frente a las consecuencias de eventos extremos de altísimo impacto. Así y todo, la historia está plagada de guerras, revueltas civiles, crac financieros y giros súbitos de mercado. Sin embargo y en todos los casos, cuando la exuberancia del mercado es grande hay que desensillar y recordar que «los árboles no llegan al cielo».

(*) Contador público nacional, máster INSEAD, consultor.

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