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Bush encarga misión imposible: salvar su legado político
George W. Bush se ha propuesto el objetivo de ablandar su imagen, con la esperanza de diluir la de belicoso que se ha ganado. Deja el poder como uno de los presidentes más impopulares de la historia.
Se trata de un cronograma de apariciones televisivas del propio George W. para mostrar que, detrás de su imagen belicosa, hay un alma sensible: George en una mesa redonda sobre el apoyo afectivo a los hijos de detenidos; George con su esposa Laura, quien explica que la mayor contribución de su marido después del 11-S fue «haber mantenido seguros a los Estados Unidos»; George con su mascota dando un último mensaje navideño; George, junto a su casi desconocida hermana Doroty, diciendo que le gustaría ser recordado como un presidente que «liberó a 50 millones de personas y ayudó a lograr la paz»; George rodeado de soldados, evocando los planes terroristas que pudo frustrar... En una de estas apariciones, en la cadena ABC, reconoció con humildad que «no estaba preparado para la guerra».
Desafiando las encuestas que ubican a Bush como uno de los mandatarios más impopulares de la historia, un entusiasta Karl Rove, estratega de sus dos campañas presidenciales, se ha lanzado junto a otros asesores a la tarea de justificar las más controvertidas decisiones de la era Bush. «Defenderé al presidente y defenderé su trayectoria en los pasados ocho años. No siempre exitosos, pero enormemente exitosos a largo plazo», declaró Rove, cuyo credo sería que, por más oscuro que sea el presente, la posteridad reconocerá la herencia Bush. En palabras del propio presidente: «Podemos estar seguros del destino: un mundo donde el pueblo estadounidense está seguro y los niños del mundo pueden crecer con esperanza y paz».
Así, el legado de Bush no sería el mayor desprestigio en la historia de ese país, la condena generalizada a la guerra de Irak, la abdicación de principios que se creía inamovibles (como la prohibición de la tortura) y la mayor crisis financiera desde los años 30, sino un mundo más seguro y un país a salvo de nuevas acciones terroristas.
De todos modos, hace bien el presidente estadounidense en confiar en este equipo. Si fueron capaces de convencer a los estadounidenses de que había razones valederas y urgentes para invadir Irak, ¿por qué no podrían elevar la alicaída imagen de su jefe?
Si al ex secretario de Estado, Colin Powell, responsable de exhibir en la ONU las «pruebas» de la existencia de armas nucleares y químicas en Irak, le bastó con un gesto hacia el candidato demócrata -hoy presidente electo-, Barack Obama, para ser perdonado, ¿por qué debería Bush perder la esperanza?
La estrategia del «Bush Legacy Project» es la del presidente mal informado. Lo insinuó él mismo, al decir que su «mayor lamento» fue «la falla de los servicios de inteligencia» sobre Irak. Y lo dijo con todas las letras Karl Rove: «Bush no habría ordenado la invasión a Irak si la inteligencia hubiera demostrado que Sadam Husein no poseía armas de destrucción masiva».
Si lavar la imagen de Bush es misión casi imposible, culpar a la CIA es bastante más fácil. Todavía está en cartel en los cines porteños el film de
Ridley Scott, Red de mentiras, verdadero catálogo de los métodos de la CIA, pero que apunta a separar a la organización del resto de la administración. Hollywood siempre está a tono con la tendencia política. Reescribiendo la historia, no sería la administración Bush la que «indujo» a los servicios de inteligencia al error, sino al revés.
Ahora bien, Bush tiene un problema. Estados Unidos necesita renovar su imagen. Para ello, cuanto más concentradas estén las culpas en pocas figuras e instituciones, mejor. Por eso Colin Powell fue recibido por Barack Obama como un hijo pródigo y otros funcionarios emblemáticos de la era Bush se reciclarán en el próximo gabinete. El más notorio, Robert Gates, quien seguirá al frente del Departamento de Defensa. Antes de que el «Bush Legacy Project» tenga alguna chance, deberá transcurrir muchísimo tiempo.


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