9 de agosto 2011 - 00:00

Café porteño, tan caro como en N. York, Roma o París

Café porteño, tan caro como  en N. York, Roma o París
Caro sí, pero ¿el mejor? El expreso argentino se cuenta entre los más caros del planeta, pese a que la principal «materia prima» -el costo del terreno donde se asienta el café que lo sirve- está lejos de compararse con los de las principales ciudades del mundo.

Y la calidad del café con que se elabora (que representa un porcentaje ínfimo de su costo) es tan buena o tan mala como el que usan sus pares de otras urbes. Según explica Martín Cabrales, socio principal de la firma de cafés que lleva su apellido, «el expreso es el producto con el que más ganan los bares argentinos. ¿Por qué sale tan caro acá en comparación con otras partes del mundo? La verdad: no me lo explico...».

El empresario dice que el mejor café puede rondar hoy los $ 100 el kilo; cada pocillo requiere apenas ocho gramos de café, por lo que -con desperdicio y todo- salen unos 110 pocillos por kilo. La cuenta es sencilla: noventa centavos el pocillo, más o menos, y siempre y cuando se use el de máxima calidad. El resto es «real estate», salarios e impuestos, y un más que saludable margen de ganancia para el dueño del bar.

En Buenos Aires, la dispersión de precios es enorme, pero puede decirse sin temor al error que ya no hay ningún bar, café, restorán o pizzería en cualquier barrio o zona céntrica del conurbano en donde pueda tomarse un «cafecito» por menos de diez pesos.

De allí en más el cielo es el límite: en una conocida cadena de café-bar-restoranes que opera en varios de los principales shopping malls de Buenos Aires, el expreso -servido con un par de coquitos o pequeñas palmeritas más un democrático vaso de soda- se vende a $ 16; en las veredas que rodean el cementerio de la Recoleta, el pocillo no baja de los $ 18; en los bares de los hoteles cinco estrellas, el precio trepa a $ 25, un valor que hasta los huéspedes de esos establecimientos de lujo -cuando lo ven impreso en la cuenta que les alcanza el mozo para cargarla a sus cuartos- contemplan horrorizados.

Una breve recorrida por algunos de los destinos más elegidos por los argentinos:

El privilegio de sentarse a las mismas mesas que alguna vez frecuentaron Ernest Hemingway, Simone de Bouvoir o Jean Paul Sartre y tomar un «espresso» cuesta lo mismo que hacerlo en un «cinco estrellas» porteño: cuatro euros (aproximadamente $ 25). Los establecimientos de marras son los míticos Café de Flore y Les Deux Magots, ambos ubicados a pocos metros el uno del otro en el parisiense Boulevard Saint Germain des Pres. Si al café se le agrega una croissant, se pagarán 2,80 euros más.

Del otro lado del Atlántico, y en pleno Little Italy (o lo que queda de ella, cada vez más invadida por Chinatown) se encuentra Ferrara Bakery & Cafe, que se enorgullece de ser el primer bar que sirvió «espresso» en Nueva York en 1892. Situado en Grand St. entre Mott y Mulberry, Ferrara ofrece su pocillo a módicos u$s 3 (poco más de $ 13). Ayer, un periodista de este diario tomó un café en La Perla del Once -frente a Plaza Miserere- y pagó $ 14.

El tradicional Café Gijón, ubicado en el boulevard Recoletos, vende su expreso a 2,50 euros, mientras humidificadores a turbina refrescan el tórrido clima madrileño para quienes optan por beberlo al aire libre. En general, en España el café se paga entre 1,25 y 2,50 euros, desde el norte cantábrico hasta la Costa del Sol, pasando por Barcelona y -por supuesto- el casi obligatorio La Giralda en Sevilla, frente a la Catedral.

En Berlín, el lugar para ir es el Café Einstein, en la oriental avenida Unter den Linden y a pocos metros de la Puerta de Brandenburgo. Allí el café cuesta 2,50 euros ($ 15), lo mismo que en su vecino, el histórico y reconstruido hotel Adlon.

Esta recorrida no puede obviar a Roma, el lugar de nacimiento del «espresso». Si hay un sitio paradigmático de la capital italiana, un destino de peregrinación para quienes aman tanto la oscura infusión como el cine, es el Café de París (Via Veneto 90) donde en la década del 50 Federico Fellini ambientó su filme «La Dolce Vita». Allí, para imaginar que en la mesa de al lado se acomodan el director, su esposa Giulietta Massina y las estrellas de esa obra liminar del nuevo cine italiano, Marcello Mastroianni y Anita Ekberg, basta desembolsar 3,50 euros (algo así como $ 21). El resto es historia.

Sergio Dattilo

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