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Celebratorio autorretrato de Agnés Varda disfrutable por todo público
Para disfrutar de «Las playas de Agnés», autobiografía de la cineasta Agnés Varda con familiares, amigos, fotos, recuerdos, fantasías y escenificaciones, no hace falta conocer a la autora ni a su obra.
Podría suponerse que esta película es de exclusivo disfrute de los seguidores de Agnés Varda. Error. También es para quienes no tienen la menor idea de quién es Agnés Varda. Esos que, cuanto mucho, registran vagamente dos o tres títulos que ni siquiera son suyos. O vivieron, o leyeron, lo suficiente como para tener una alegre nostalgia de cosas lejanas, como el Paris de los 50, la bohemia artística, la evocación animosa de amigos perdidos y famosos que uno conoció cuando todavía eran anónimos. Y también pueden disfrutarla quienes al enterarse de esta película se pregunten «¿Qué Agnés? ¿Agnés Varda? ¿Vive todavía?».
Si, señor. Vive, cose, borda, pega, viaja, filma, sigue toda petisa, regordeta, activa y curiosa, y al cumplir los 80 (ahora tiene 82 y sigue igual) se mandó esta autobiografía, con hijos, nietos, amigos, sobrevivientes de otros tiempos, jóvenes de los tiempos actuales, fantasías, realidades, fotos, escenificaciones, y regresos a sus playas y puertos, como aquel donde vivió una infancia divertida pese a la guerra, ese donde filmó su primer corto, o esos espacios de arena por donde caminó con su esposo siempre recordado, Jacques Demy, a quien también le dedicó una biografía preciosa, «Jacquot de Nantes».
¿Tampoco sabe el lector quién era Jacques Demy? No importa, acá sabrá del amor que su esposa le guarda, verá su familia, repasará andanzas por el Theatre Nationale Populaire de Jean Vilar, China, Cuba, los EE.UU. de los Panteras Negras, las figuras jovencitas de Philippe Noiret, Catherine Deneuve, Gerard Depardieu, los primeros pininos de aquellos que la llamaron abuela de la Nouvelle Vague y hoy, con menos edad, lucen más viejos que ella, en fin. Disfrutará, sobre todo, de su mirada cariñosa, su continua creatividad de niña grande, una creatividad intensa, suelta, inocente, a veces envidiable.
Se regodea un poco más de la cuenta con sus visitas y recuerdos, es cierto, y seguramente se agradecerían unos minutos menos. Pero la gente sale con el placer de haber visto una mujer llena de vida, y las ganas de conseguir «Cleo de 5 a 7», «Kung Fu Master!», «Los espigadores y la espigadora», y esas que supieron darse en cable, «Las señoritas cumplen 25 años», «Las 101 noches de Simón Cinemá» (celebrando jocosamente los cien años del cine) y las de su marido: «Los paraguas de Cherburgo», «Piel de asno», etcétera. Vale la pena.
P.S.


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