12 de febrero 2013 - 00:17

Celestino V, único antecedente equiparable al de Benedicto XVI

Joseph Ratzinger rindió homenaje en 2010 a Celestino V en los Abruzos. Ambos renunciantes tienen llamativos puntos en común.
Joseph Ratzinger rindió homenaje en 2010 a Celestino V en los Abruzos. Ambos renunciantes tienen llamativos puntos en común.
Roma - La decisión de Benedicto XVI de renunciar a su cargo es un acontecimiento casi inédito en la historia de la Iglesia, ya que el único precedente conocido se remonta a hace más de siete siglos, cuando Celestino V abandonó voluntariamente el trono de San Pedro.

Además de éste, otros papas se retiraron en circunstancias históricas particulares, más o menos conocidas, pero en ninguno de esos casos se trató de una renuncia voluntaria propiamente dicha.

San Celestino V renunció a su función el mismo año de su elección, en 1294. El religioso había sido ermitaño hasta su nombramiento como sumo pontífice, y no se sentía preparado para asumir este papel de liderazgo en la Iglesia.

Nacido en 1215 en una familia modesta, Pietro del Morrone vivía como monje benedictino en las montañas de los Abruzos cuando los doce cardenales del cónclave de Perugia fueron a anunciarle su elección, en julio de 1294. La elección de un desconocido debía poner fin a la guerra entre güelfos y gibelinos por la sucesión de Nicolás IV, fallecido dos años antes.

Pietro del Morrone toma el nombre de Celestino V y traslada la corte a Nápoles. Pero el nuevo papa no tarda en exponer las razones que le impiden asumir su función: su humildad y su salud. Por ello, renuncia el 13 de diciembre de 1294, en acuerdo con los cardenales.

El 24 de diciembre, el cardenal Benedicto Gaetani es designado para sucederlo, con el nombre de Bonifacio VIII. El nuevo pontífice mantiene por la fuerza a Celestino a su lado. El monje intenta escaparse para unirse a su orden, que adoptará el nombre de Celestinos, pero los guardias del papa se lo impiden. Celestino V fallece en 1296 y es enterrado en la iglesia de su orden en LAquila.

La eventualidad de la renuncia había sido prevista por varios pontífices a lo largo del siglo XX, y en último lugar por Juan Pablo II, que la contempló explícitamente en la constitución apostólica Universi dominici gregis, publicada en febrero de 1996. A pesar de una larga agonía, no recurrió a ella.

El último papa que dejó el cargo había sido Gregorio XII (1406-1415) en el siglo XV, en el llamado Cisma de Occidente, en el que coincidieron tres jefes de la Iglesia al mismo tiempo. Ellos fueron Gregorio XII, el papa de Roma; Benedicto XIII, el de Avignon, y el llamado «antipapa» Juan XXIII.

Con el concilio de Constanza, el emperador Segismundo obligó a dimitir a los tres pontífices, pero sólo Gregorio XII obedeció y después de él fue elegido Martín V.

El primer renunciante a la fuerza había sido Clemente I (del 88 al 97), quien renunció a favor de Evaristo, porque tras ser arrestado y condenado al exilio decidió que los católicos no se quedasen sin un guía.

Igualmente, el papa Ponciano (230 al 235) dejó su cargo a favor de Antero al haber sido enviado al exilio, mientras que Silverio (536 al 537) fue obligado a renunciar a favor de Vigilio.

Más complicada fue la historia de Benedicto IX (del 10 marzo al 1 de mayo de 1045), pues en un primer momento renunció a favor de Silvestre III y después retomó el cargo para pasarlo a Gregorio VI, quien fue acusado de haberlo adquirido ilegalmente y decidió también renunciar.

Agencias AFP, ANSA y EFE

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