20 de septiembre 2012 - 00:00

“Chacho no estaba preparado para malas noticias” (Meijide)

José Luis Machinea
José Luis Machinea
El juicio oral por los supuestos sobornos en el Senado tuvo ayer su audiencia más lejana al centro del expediente: recuerdos de intrigas, confabulaciones, chicanas e ironías dominaron las declaraciones de los exministros del Gobierno de la Alianza Graciela Fernández Meijide (Desarrollo Social), José Luis Machinea (Economía) y Federico Storani (Interior). Al mismo tiempo, volvieron a aparecer dos cuestiones que prometen alimentar futuros cruces en la etapa testimonial: los fondos reservados de la SIDE y la tapa, de gran impacto en el Frepaso, de un semanario donde aparecía Carlos Chacho Álvarez caracterizado como James Bond. Por su parte, los abogados defensores ya viven un duelo aparte con el Tribunal Oral Federal Número 3.

Fernández Meijide llegó puntual a los tribunales de Comodoro Py. Sin archivos u anotaciones respondió preguntas y desestimó la hipótesis de las coimas, aunque también negó conocer sobre una «operación política para desgastar al Gobierno». De vestimenta negra, sin anillos ni maquillaje, revivió sus cruces con Álvarez. Recordó que el exvice había impulsado su salida del ministerio y afirmó que «a él no le gustaba la gente independiente».

Sin mirar a los jueces o a las partes -aunque con alguna sonrisa esporádica- sólo enfocada en el suelo, rememoró que «a Chacho le afectó que la gente no lo abrazaba por la calle ya que la economía estaba mal y eso era algo que a él le afectaba especialmente, pero no estaba preparado para las malas noticias». Luego sostuvo que Alvarez siempre apoyó el ingreso de Domingo Cavallo a la cartera de Economía y que eso había desgastado la relación con Machinea. Recordó los intentos para que, luego de la renuncia a la vicepresidencia, volviera al Gobierno: «Hasta se habló de darle una embajada».

Alberto Flamarique la observaba no desde su escritorio sino desde el fondo de la sala, como una suerte de plateísta. Los acusados ya se han habituado a la rutina del proceso. Se intercambian lugares para conversar en voz baja (una dupla clásica es Augusto Alasino-Remo Costanzo) y consumen las horas chequeando sus celulares y sus computadoras portátiles. Les complace que el arrepentido Mario Pontaquarto se ausente de las audiencias y esperan, casi con fervor, los cuartos intermedios para conversar en los pasillos. El único que no pierde la concentración en lo que ocurre es Fernando de la Rúa.

En su turno Machinea expuso la tesis de que la ley de reforma laboral no era una medida impuesta desde el FMI y defendió la política de recortes de gastos reservados, especialmente en la SIDE: «Dejamos esa cuenta en 30 millones de dólares a pesar de que (Fernando) De Satibañes me pedía 50». Sobrio y hablando en forma detenida, recordó distintos cruces con el exjefe de la SIDE, incluso cuando le recomendó que renunciara: «Era para evitar el desgaste político de la denuncia por los sobornos».

Recordó una escena más propia del cine, cuando una noche de ópera compartió palco en el Teatro Colón con Flamarique y mientras transcurría la música, el celular del exministro de Trabajo no paraba de sonar, lo que lo forzó a salir al pasillo. «Era Álvarez que lo llamaba, muy inquieto, por la tapa de la revista La Primera», explicó el economista al recordar el diseño del fotomontaje en el cual aparecía el exvice caracterizado como James Bond junto a su esposa y la entonces diputada Vilma Ibarra.

Contundente, afirmó que durante su gestión la idea imperante era mantener la convertibilidad e incluso dolarizar la economía: «Junté 30 economistas de perfil progresista, y sólo uno me pidió no dolarizar». En ese momento uno de los abogados de De la Rúa, Jorge Kirzenbaum, se dirigió al tribunal: «¿Presidente me permite preguntar una curiosidad?». «Sólo si es conducente», replicó Guillermo Gordo. El letrado quería el nombre de dicho experto. «Eso mejor vaya a tomar un café y pregúnteselo en otro momento», remató el juez, quien en múltiples ocasiones debió frenar las preguntas de las partes, más propias de un show televisivo.

Storani cerró la ronda de testigos al recordar el calvario que vivió al pedirles la renuncia a los jefes partidarios del Senado por las supuesta coimas: «Un trabajo ingrato y lamentable».

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