13 de noviembre 2012 - 00:00

China, en transición

La semana pasada, las dos economías más grandes del mundo definieron su futuro político. El 6, los norteamericanos reeligieron a Barack Obama como presidente, y dos días más tarde comenzó a deliberar el 18º Congreso Nacional del Partido Comunista que definirá los lineamientos que regirán la política y la economía en China en la próxima década. Más allá de las enormes diferencias, ambas economías comparten muchos de los mismos problemas. Además, están íntimamente ligadas por lazos comerciales y de inversión.

Hace unos pocos días tuvo lugar el Beijing Forum, un encuentro organizado por la Universidad de Pekín al que fueron invitados políticos, intelectuales, líderes sociales y economistas de múltiples nacionalidades, ideologías y religiones. El objetivo: pensar cómo va a ser el mundo que va a surgir después de la crisis. Hubo paneles sobre educación, medio ambiente, religión y economía bajo el lema director «Armonía y prosperidad para todos». En el panel de economía, en el que tuve el honor de participar, el énfasis fue sobre la supervivencia del capitalismo, especialmente en China.

China está en un momento de transición. La performance económica de los últimos diez años ha sido verdaderamente espectacular desde cualquier punto de vista. Sin embargo, hay bastante consenso respecto de que la crisis de EE.UU. y de Europa marca un cambio de paradigma. El modelo de crecimiento chino en la última década se basó en una agresiva política de inversiones y la integración de la economía china a la cadena de valor mundial. El exceso de oferta laboral permitió a China insertarse dentro de esta cadena y convertirse en el principal exportador de productos manufactureros de todo el mundo. Pero está claro que esta estrategia era muy dependiente de la evolución del consumo en las economías occidentales. Con la recesión de éstas, el crecimiento chino se desaceleró y pronto se empezaron a ver claramente algunos problemas y deficiencias en el modelo de crecimiento adoptado hasta ahora. Además, las perspectivas demográficas hacen que este modelo sea insostenible: el exceso de oferta laboral es cosa del pasado. La población económicamente activa (algo así como 940 millones de chinos, según el último censo de 2010) llegó a su pico y está en declinación.

También hay consenso respecto de cuáles son los problemas que hay que resolver en la próxima década: la creciente desigualdad del ingreso, el gigantismo del sector financiero, la corrupción, la degradación ambiental y la ausencia de un marco jurídico-legal estable y predecible. Los dos primeros también son comunes a la economía norteamericana. La desigualdad en la distribución del ingreso en EE.UU. hoy es similar a la que existía antes de la crisis del treinta. Y en China la situación no es mucho mejor. Es más, se podría que argumentar que es peor, ya que la desigualdad está sostenida desde el poder político. Según algunas estimaciones, ¡el patrimonio de los 70 miembros más ricos del Congreso Popular Chino suma nada menos que 90.000 millones de dólares! El tan extendido «capitalismo de amigos» ha beneficiado a la elite del Partido Comunista. Hace poco, el New York Times publicó un informe del que surgía que el premier Wen Jiabao y su familia controlaban una fortuna que excedía los dos mil millones de dólares. La desigualdad está íntimamente ligada a una enorme corrupción. El Politburó es consciente de la tensión que esto genera y está tomando medidas. Según informan los medios oficiales, más de 660.000 miembros del Partido Comunista (sobre un total de 80 millones) han sido «castigados» por corrupción y 24.000 de ellos han sido procesados judicialmente. El caso más notorio fue el de Bo Xilao, estrella ascendente del ala maoísta del Politburó, que fue expulsado luego de que su esposa fue encontrada culpable de homicidio. Otro problema que China comparte con Estados Unidos es el gigantismo del sector bancario, que, además, ha desarrollado una relación poco saludable con el sector empresarial conectado con el partido comunista. Y al igual que en EE.UU., el crecimiento desmedido del sector financiero ha contribuido a la desigualdad en la distribución del ingreso. El crédito a la pequeña y mediana empresa es prácticamente inexistente.

Los economistas chinos presentes en el Beijing Forum no abrigaban dudas respecto de la dirección en la que se debe enfilar China: más capitalismo, mayor calidad institucional, más democracia. Dentro del Politburó hay debate. El ala más liberal que sigue los preceptos de Deng Xiao Ping quiere más capitalismo, más democracia y más armonía social. Los maoístas liderados por Hu Jintao empujan hacia la otra dirección: más control estatal sobre todas las actividades del pueblo chino. Pero basta visitar Shanghái para darse cuenta de qué es lo quieren los chinos. A su pujante espíritu emprendedor se suma un incontenible entusiasmo por la actividad comercial que es visible en todas partes. El caballo se escapó del establo y va a ser difícil volver a encerrarlo. Además, la estructura de la economía china es claramente capitalista. Los altos niveles de inversión en gran medida se financian con el altísimo nivel de ahorro de las empresas que refleja la enorme rentabilidad del capital frente al trabajo. Es curioso que mientras que en la cuna del Maoísmo el consenso es que el capitalismo ofrece más oportunidades y mayor prosperidad, en América Latina algunos Gobiernos se aferran a un socialismo retrógrado y pretenden imponer su propia versión de la «Revolución Cultural».

Dejá tu comentario