22 de septiembre 2015 - 00:00

Cóctel explosivo: la corrupción con recesión

 Sin dudas la mayor preocupación de los actores económicos hoy es China, pero también empieza a preocupar -sobre todo entre vecinos y socios- Brasil, la sexta economía del mundo, y la primera de Latinoamérica representando casi un tercio del total de la región.

Lo cierto es que Fernando Henrique Cardoso, sin ser excelente, protagonizó uno de los mejores gobiernos (1995-2002) que tuvo el gigante latinoamericano. Redujo la inflación -el aumento del IPC- desde el 22% en 1995 al 2,5% en 1998 y continuó la apertura económica iniciada por Fernando Collor de Mello. Entre 1991 y 2001, el Estado recaudó u$s 103.300 millones por la privatización de empresas, mientras que el desempleo se mantuvo en torno al 5,5%.

Así se generó un boom de consumo, atrayendo numerosas inversiones, mejorando la recaudación fiscal, aunque la deuda estatal pasó del 14% del PBI en 1994 al 55,5% en el año 2000. Luego vino Lula y, para sorpresa, conservó la política económica pero aumentó el gasto "social". Y Brasil creció estableciendo cierto liderazgo global gracias a las bases sentadas por Cardoso. Creídos los brasileños de que la política 'social' de Lula era exitosa, la profundizaron con Dilma Rousseff y ahora tienen una crisis severa.

A un excesivo gasto estatal se le suma el menor crecimiento de China, serias dificultades en la Argentina -su tercer socio comercial- y un bajo nivel de inversión y de ahorro del 15% del PBI. Así las cosas, Standard & Poor's (S&P) bajó la nota de la deuda soberana brasileña desde 'BBB-' a 'BB+', considerado como de "bono basura", lo que supuso retirarle el "grado de inversión" que califica a los buenos pagadores.

Esta rebaja provocaría una salida de capitales de hasta u$s 30.000 millones en el corto plazo, entre otros motivos, porque algunos fondos de inversión están obligados a desinvertir cuando cae el "grado de inversión". Según S&P, la contracción del PBI brasileño será "más profunda": -2,5% este año, -0,5% en 2016, y un ligero crecimiento en 2017. La inflación rondaría el 9% y el desempleo, el 8%.

Ahora, el Gobierno planea un nuevo plan de ajuste que llevaría el déficit del 0,5% a un superávit primario del 0,7% del PBI para el presupuesto 2016. Se recortaron gastos por u$s 6.800 millones y aumentarían impuestos dándole al Gobierno u$s 7.300 millones de ingreso adicional. Congelan salarios del sector público, reducen los gastos; bajan los subsidios agrícolas y recortan los reintegros a los exportadores.

También se produciría un fuerte recorte de los programas como "Mi casa, mi vida" y otros como el de "Aceleración del Crecimiento", de obras públicas, y "Bolsa familia", la base del "Hambre cero". En fin, esto de subir los impuestos es un círculo vicioso, porque quita dinero productivo del mercado y terminan siendo pagados por los pobres ya que los empresarios los pagan, por ejemplo, subiendo precios. Y no tiene sentido aplicarlos a planes sociales porque no tiene sentido sacarles a los pobres para luego devolvérselos.

Con una economía en contracción y graves casos de corrupción, la popularidad de Dilma está en el mínimo histórico para un presidente (8%). Y aunque algunos hablan de renuncia, parece difícil que deje el cargo por el momento, si hasta el principal líder opositor Fernando Henrique Cardoso, parece desalentar su remoción del cargo.



(*) Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.

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