VAN DER KOOY, EDUARDO. Clarín. Se entera el columnista de que existen encuestas que afirman que Néstor Kirchner ganaría las elecciones legislativas en Buenos Aires, algo ya viejo -más aún, nunca un sondeo vaticinó otra cosa-. Esa noticia la usa Van der Kooy para explicar la mansedumbre del ex presidente. Este columnista, como muchos observadores, confía en el romanticismo político, tendencia que concede exagerada importancia a los factores personales en la política. Si Kirchner está enojado, tiene un significado político; si está contento, tiene otro sentido y el rumbo de los acontecimientos cambia. Si esto fuera así, la personalidad arrolladora y carismática de Francisco de Narváez, su dinero y su talento político, todo junto, explicarían la escalada que dio a la cabeza de las listas del peronismo opositor en Buenos Aires y que es un desafío al poderoso kirchnerismo. Es decir, una zoncera que ni el empresario se lo cree.
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Lo que hay detrás de los hechos políticos va más allá de su personalidad y su temperamento. De Narváez, en todo caso, surfea sobre una ola de rechazo al poder de la burguesía de la Argentina que se expresa cada vez que puede y que el empresario encarna como podría haberlo hecho cualquier otro dirigente que estuviera en el lugar adecuado en el momento justo (y con billetera llena, eso sí).
Por esa confianza en el romanticismo político, Van der Kooy le da una importancia exagerada a las confesiones de Kirchner en el reportaje por radio Mitre a Chiche Gelblung. Es cierto que el entrevistador le supo sacar al ex presidente bastante más que lo que suelen conseguir otros programas, pero tampoco dijo nada del otro mundo.
Van der Kooy pone en el análisis un dato que hasta ahora había sostenido sólo Carlos Reutemann: que su elección en Santa Fe no es un paseo y que su triunfo, que algunos daban por descontado hace un mes, tiene complicaciones serias, como el rol de alta exposición que le da en la campaña provincial el gobernador Hermes Binner, que no es candidato, pero que tiene alta imagen y reclama el voto para Rubén Guistiniani.
Se enoja el columnista con noticias viejas, como que Hugo Moyano controla desde una oficina gremial las entradas y salidas de las exportaciones por el Puerto de Buenos Aires. No es nuevo que el jefe cegetista, más un empresario que un sindicalista reivindicativo, tiene oficinas en el Gobierno desde donde domina con gente propia importantes sectores, como el Transporte y los subsidios que el Estado le da a esa actividad, los puertos. Esas facilidades que le da el Gobierno a este aliado cada vez más poderoso las completa con el acoso a actividades como el Ministerio de Salud o la distribución de los diarios, de cuyo flujo este Moyano parece querer convertirse en árbitro. Raro que el columnista les dedique poco espacio a las estatizaciones chavistas, la peor noticia que podía recibir el Gobierno a casi un mes de las elecciones. Se la pasó hasta ahora justificando a los candidatos antitraición. De aquí en adelante se lo pasará explicando que quien estatiza es Chávez y no Kirchner.
WEINFELD, MARIO. Página/12. Otro romántico este Weinfeld, quien se cree lo que le dice de Néstor Kirchner «un compañero»: «Se puso a caminar, habla con la gente, se acerca, los escucha, los toca, les habla, se puso el overol», como si de eso dependiera algo importante. Seguramente el ex presidente siempre hizo eso; ¿qué diferencia habrá en esa campaña que transcurre en el aislamiento de helicópteros, palcos, cercos de guardaespaldas, entornistas y agentes de seguridad que le acercan niños y viejas para que los bese? Nada. En el resto de la columna despliega conmovedores esfuerzos para despegar al Gobierno de las estatizaciones chavistas que, debe reconocer, son un daño imparable para el Gobierno en plena campaña.
LABORDA, FERNANDO. La Nación - Casi a coro, los analistas de la prensa gráfica caen en la misma proyección: el Gobierno de los Kirchner acentuará su política estatizadora después de las elecciones del 28 de junio. La especulación tiene como único sustento que, frente a la queja masiva de cámaras empresarias, el país no haya emitido un reclamo formal ante el venezolano Hugo Chávez tras nacionalizar empresas siderúrgicas del grupo Techint.
La columna de Laborda cita los casos locales del Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas y la papelera Massuh, más los discursos de campaña de Néstor Kirchner, como indicios de una inminente y profunda chavización del Gobierno de Cristina de Kirchner. Y enseguida el analista vincula el financiamiento de grupos piqueteros, que data de 2003, con un presunto plan oficialista para controlar en las calles el ánimo social después de las elecciones del 28 de junio, a pesar de haber abandonado en campaña el discurso «yo o el caos».
Presume además el analista que los Kirchner definitivamente abandonaron a la clase media y revela que sus publicistas califican a los integrantes de ese segmento de la sociedad argentina como «caprichosos y desagradecidos». Por eso el kirchnerismo se habría volcado abiertamente a la captura del voto de las clases bajas sobre la base del armado de listas marcado por el nepotismo.
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