13 de mayo 2010 - 00:00

Cómo sorprender con una historia conocida

Ridley Scott concibió un «Robin Hood» con impactantes escenas de acción, sin abusar de los efectos digitales como en «Gladiador», y sin descuidar una trama plena de intrigas.
Ridley Scott concibió un «Robin Hood» con impactantes escenas de acción, sin abusar de los efectos digitales como en «Gladiador», y sin descuidar una trama plena de intrigas.
«Robin Hood» (G.Bretaña-EE.UU., 2010, habl en inglés). Dir.: R. Scott. Int.: R. Crowe, C. Blanchet, M. Strong, W. Hurt, D. Huston.

Los primeros 45 minutos del «Robin Hood» incluyen una de las seguidillas de escenas de acción más impactantes en la historia del cine épico. Hay varios castillos franceses sitiados y asaltados por tropas del rey Ricardo Corazón de León a su regreso a Inglaterra de su Cruzada en Jerusalén, traiciones, peleas, emboscadas, masacres sangrientas. Todo eso sin descuidar el planteo de una trama de intrigas cortesanas entre el principe Juan, el rey Felipe de Francia, y el cambio de identidad que le permitirá a un simple arquero inglés convertirse en el legendario Robin Hood.

Desarrollar este brillante primer tercio en un film épico coherente ya es otro problema, y Scott lo resuelve con una variedad de cambios de clima, que si bien no ayudan a darle mucha cohesión al conjunto, lo vuelven realmente sorprendente, y por momentos hasta imprevisible, lo que en el contexto de una historia tantas veces contada, es una cualidad muy bienvenida.

Por supuesto, hay bastante del tono que convirtió en enorme éxito de taquilla a «Gladiador», pero tambien hay tonos de películas propias como «Leyenda» y ajenas como «Corazón valiente». Y también hay cierto revisionismo histórico que, por ejemplo, cambia al típico rey Ricardo Corazon de Leon y lo convierte en un soberano bravucón sediento de sangre y siempre listo para saquear cualquier población que se encuentre en su camino.

Russell Crowe es un Robin Hood totalmente opuesto al prototipo sentado por Errol Flynn en el clásico imbatible de Michael Curtiz. No se puede culpar a Scott por salir de ese estereotipo simpático del ladrón que roba a los ricos y entrega su botín a los pobres. Este Robin es bastante dark, tiene remordimientos por matanzas de mujeres y niños en las Cruzadas, y hasta es rechazado por su apenas menos legendaria Marian (da la sensación de que Cate Blanchet la pasó muy bien dándole un toque feminista a esta famosa heroína).

Pero el truco de la película, que se va entendiendo a medida que avanzan sus 140 minutos de duración, es que ésta es la historia de un hombre común y corriente que paulatinamente va transformándose en el héroe legendario conocido universalmente. Como siempre, Crowe es convincente a la hora de repartir flechazos, golpes de espada y puñetazos a granel, y menos cuando canta canciones medievales en fogones beodos, ni mucho menos cuando participa en debates sobre el derecho a la libertad de los siervos del rey. En el elenco se destacan Mark Strong en un excelente villano, y en especial William Hurt, que muy bien caracterizado, hace una gran labor como el consejero real.

Con un presupuesto generoso y el talento de Ridley Scott para filmar cualquier género, hay momentos visuales formidables que obligan a recomendar la visión del film no sólo en pantalla grande sino tambien eligiendo cuidadosamente el cine, ya que el diseño de sonido es notable (sin hablar de las cualidades del excelente score musical de Marc Streitenfeld). La ambientación de época tiene sus logros, también, sobre todo por no abusar de los efectos digitales como lo hizo previamente Scott en «Gladiador». Sólo hay un momento realmente artificial, pero perdonable por su impagable grandilocuencia: se trata nada menos que una especie de versión medieval del Día D, con las tropas de Felipe de Francia atacando una playa inglesa al mejor estilo «Rescatando al soldado Ryan» de Spielberg. Sólo por esta escena tan grandiosa y absurda, este «Robin Hood» ya se destaca de cualquier otro más simpático y acrobático, incluyendo al mismísimo clásico con Errol Flynn.

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