12 de enero 2009 - 00:00

Con el gas, Rusia le marcó límites a la OTAN en el Este

Con el conflicto por el suministro de gas entre Rusia y Ucrania, Vladimir Putin reflotó ahora su propia versión de la Guerra Fría. Con una nueva y poco convencional arma: la energía. Mejor dicho, el corte de energía, como el que le infligió durante los primeros diez días de enero a la retobada Ucrania, con gélidas consecuencias para otros 17 países de la Unión Europea, ya que por el gasoducto ucraniano fluye el 80% del gas ruso que consumen los europeos.
Podrá decirse que el arma utilizada por el primer ministro Putin, un ex KGB, es propia de matones. Pero finalmente, «apriete» a la rusa o no, con el cierre del caño maestro de gas que alimenta a Europa, Rusia consiguió su objetivo. Ayer a la madrugada, luego de frenéticas gestiones del primer ministro checo, Mirek Topolanek (presidente temporal de la Unión Europea), entre los gobiernos de Kiev y Moscú, Ucrania fue la tercera en suscribir el documento firmado antes por la UE y Rusia, y dictado por el mismo Putin desde su «dacha» de fin de semana. De ahora en más, una veintena de inspectores (representantes de la Comisión Europea, compañías de energía europeas, ucranianas y rusas, además de burócratas en energía enviados por el Kremlin) podrá monitorear el gasoducto y las estaciones de rebombeo ucranianas.
No cabe duda que, bajo la presión de las bajísimas temperaturas que trajo un frente ártico y la queja tiritante de los países europeos faltos de gas, Kiev firmó lo que no quería firmar: la cesión parcial a los rusos de la propiedad del gasoducto y, consecuentemente, la futura y permanente presencia de enviados del Gobierno moscovita en Ucrania. Así, con la excusa del gas, Moscú dio el primer paso para reincorporar a este ex satélite de la URSS bajo su órbita y control.
Ucrania tiene una importancia estratégica para Rusia. No sólo por su tamaño y sus cultivos cerealeros (es el país más grande de Europa, después de Rusia), sino por su ubicación geográfica. En la ucraniana península de Crimea, sobre el Mar Negro, el puerto de Sebastopol es el único de aguas profundas que puede acoger a la flota rusa. Y el acceso más directo al Mediterráneo y al Atlántico. (Moscú tiene un contrato de alquiler hasta 2018 por Sebastopol, pero en Kiev, el presidente Viktor Yuschenko quiere rescindirlo.) En Crimea, además, vive gran parte de los 9 millones de rusos y rusoparlantes. No es poco: significa el 20% de la población ucraniana, que llega a 48 millones.
Moscú quiere mostrar a Ucrania, a las ex repúblicas soviéticas y, sobre todo, a Occidente, que no va a permitir la incorporación de sus ex satélites a la OTAN. Una señal que se agrega a la que ya dio en agosto de 2008 en la crisis armada con Georgia, otra ex URSS tentada para ingresar a ese organismo. Los rusólogos y quienes conocen a Putin dicen que el premier ruso tiene una cuestión personal con Ucrania, el país que en 2004, como consecuencia de la «Revolución Naranja» pro occidental, llevó a Yuschenko a la presidencia. Su asunción, dicen, fue el golpe más duro para el Kremlin después de la disolución de la URSS en 1991. Moscú intentó manejar políticamente a Ucrania: quiso imponerle un Gobierno pro ruso y hasta la KGB, se dice, habría envenenado a Yuschenko. Fueron fracasos.
Pero en estos diez días de enero, aprovechando la distracción del mundo con los sucesos de Gaza, y con la meteorología a favor, Putin concretó su plan para controlar a Ucrania. Contó con varios aliados. En Kiev, con la primera ministra Yulia Timoshenko, la figura política a la que Moscú le apuesta ahora sus fichas. En Alemania, con la canciller Angela Merkel. Alemania es rusodependiente: no sólo en gas (el 90% del que consume tiene esa procedencia), sino que aprendió de la historia que es mejor evitar conflictos con la potencia del Este. Merkel habría conseguido convencer tanto a Ucrania como a sus pares de la UE de la conveniencia de firmar el acuerdo de gas con Moscú y Kiev.
Mientras tanto, la estatal rusa Gazprom ya abrió la llave de paso y en un par de días el Viejo Continente podrá calefaccionarse. Si Ucrania pagó su deuda de gas de u$s 2.500 millones, si el nuevo precio acordado es de u$s 418 por cada 1.000 m3, o si Kiev robó parte del fluido que iba destinado a Europa, son detalles anecdóticos. Lo importante es Rusia, que con estas últimas maniobras de Putin, amenazó volver con su propia Guerra Fría.

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