"Para mí está fuera de toda duda que soy moralmente cómplice", afirmó Gröning, quien se personó ante la Audiencia de Lüneburg (centro de Alemania) auxiliado a sus 93 años por un andador, pero con la cabeza lúcida y la memoria viva, también en lo que respecta a la brutalidad con que operó la maquinaria de la muerte nazi.
Lejos de pretender haber "desconocido" lo que ocurría en ese campo o de argumentar que cumplió órdenes, el procesado pidió perdón al grupo de supervivientes o familiares de las víctimas presentes en la Corte, en representación de las acusaciones particulares, para declararse luego a disposición de la Justicia.
Fue una declaración que no obvió los detalles sobre el funcionamiento y objetivos de Auschwitz y que se prolongó durante algo menos de una hora, en un proceso que se considera exponente de la justicia tardía, como habían lamentado los representantes de las víctimas en la víspera de su apertura.
A diferencia de lo que fue la tónica en otros procesos recientes por crímenes nazis -como el celebrado contra el ucraniano John Demjanjuk, extraditado desde EE.UU. a Alemania y condenado en 2011 a cinco años de cárcel-, el procesado no sólo se pronunció sobre los cargos que se le imputan, sino que presentó esa admisión de culpa moral.
La Fiscalía le imputa complicidad penal en el asesinato de los alrededor de 300.000 judíos que fueron gaseados en el campo de exterminio y que pertenecían al grupo de 425.000 deportados en la llamada "operación Hungría", en 1944. Su trabajo consistió en confiscar las pertenencias de los deportados, incautarles todo lo de valor y encargarse de que el dinero llegase a Berlín, para contribuir a la financiación del Tercer Reich.
El procesado, quien ingresó en las Waffen SS hitlerianas con 20 años, en 1941, supo desde su llegada al campo de Auschwitz de la existencia de las cámaras de gas y que estaban destinadas a asesinar a los judíos cuyo equipaje él clasificaba, según su declaración.
Fue testigo no sólo de esas operaciones, cuyo objetivo era el exterminio masivo de los judíos, sino también de actos aislados de extrema brutalidad, como la ejecución con gas en una granja vecina de unos presos que habían tratado de huir y cuyos gritos escuchó hasta que lentamente la muerte apagó sus voces.
La confesión inicial de Gröning desmanteló ciertas teorías negacionistas del Holocausto y respaldó también la labor de fiscales de todo el país que siguen instruyendo sumarios contra exnazis nonagenarios, bajo la premisa de que el asesinato no expira.
Los supervivientes desplazados a Lüneburg insistieron en que su propósito no es buscar venganza, ni siquiera ver a esos antiguos verdugos entre rejas -Demjanjuk murió unos meses después de escuchar sentencia en un asilo de ancianos-, sino luchar contra la impunidad. Observadores creen que el juicio contra Gröning podría aportar testimonios sobre la realidad del campo de exterminio frente al negacionismo.
La audiencia de Lüneburg prevé 27 vistas más, hasta el 27 de julio, en las que el "contable de Auschwitz" se verá confrontado con las declaraciones de los testigos.
| Agencias EFE, AFP, DPA, ANSA y Reuters |


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