19 de septiembre 2008 - 00:00

Contra Chávez y Bush, retoma Lula el discurso duro

La reciente cumbre sudamericana de Santiago lo dejó en claro, y cada día surgen indicios que refuerzan la sensación: algo importante está cambiando en la política regional, con Brasil intentando retomar un liderazgo algo desdibujado en los últimos tiempos, para lo que necesita poner freno tanto a las bravatas de Hugo Chávez como a la influencia de Estados Unidos.

El cambio brasileño se refleja nítidamente en el lenguaje de Luiz Inácio Lula da Silva, que recuerda al de 2003, en los comienzos de su mandato, cuando, a la vez que inauguraba una sorprendente política económica de libre mercado, contentaba a las bases izquierdistas de su Partido de los Trabajadores con un lenguaje combativo, lejano a los intereses norteamericanos.

IV Flota, bancos de inversión, embajadores estadounidenses... Esos fueron sus blancos en las últimas horas, los que le aseguran el logro simultáneo de varios objetivos. Puro pragmatismo.

Uno, ya mencionado, es el internacional, que apunta a reafirmar su liderazgo en Sudamérica, algo que puede aprovechar la Argentina para fortalecerse dentro del eje que supone el Mercosur y para tomar una prudente distancia de Chávez. Otro es el de la política doméstica, con las trascendentes elecciones municipales de octubre a la vuelta de la esquina, en las que se jugará, sobre todo, la Alcaldía de San Pablo, una de las principales «cajas» de Brasil y, por tanto, herramienta clave para las presidenciales de 2010. Sobre todo si quiere imponer en ellas a un candidato (¿o candidata?) afín, algo que aún dista de estar garantizado. Por último, sincronizar velozmente la política exterior brasileña con el fin de la era Bush.

  • Preocupación

  • Si el martes el ministro brasileño de Defensa, Nelson Jobim, había desdramatizado la reactivación de la IV Flota norteamericana en aguas latinoamericanas («la decisión estadounidense es apenas administrativa, hay una sobrevaloración de ella», dijo en Montevideo al presentar el Consejo de Defensa Sudamericano), Lula da Silva ayer lo corrigió. Dijo que «estamos preocupados porque es muy cerca de la frontera marítima brasileña y creemos que no necesitamos de una IV Flota». Asimismo, llamó a la Marina de su país a garantizar la seguridad y posesión de los ricos yacimientos «presal» recientemente descubiertos en el Atlántico. Y, claro, el propio lanzamiento del Consejo de Defensa regional va en el mismo sentido.

    A la amenaza que supone la crisis financiera para la exitosa economía brasileña, el presidente dejó de lado su habitual cautela. «Veo, con una cierta tristeza, que bancos muy importantes que se pasaron la vida dando opiniones sobre Brasil, diciendo lo que debíamos o no hacer, midiendo el riesgo de este país, haciendo propaganda para inversionistas sobre si Brasil era o no confiable, están quebrando, están convocando a sus acreedores», señaló ayer casi en línea «cristinista». Curioso: ese lenguaje combativo puede justificarse para la Argentina, peleada desde hace tiempo con la comunidad financiera internacional, pero no para Brasil, que ha sido colmado de elogios por ella.

    El miércoles, en tanto, había defendido la eyección del representante estadounidense de Bolivia, Philip Goldberg, al afirmar que «si es verdad que el embajador estaba en reuniones con la oposición, teniendo injerencia, entonces Evo (Morales) actuó correctamente en expulsarlo».

    El plato está servido. La postura brasileña del lunes en la cumbre de Santiago de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) había sido que los asuntos regionales (la crisis boliviana) deben ser resueltos dentro de la región. Es decir, sin Estados Unidos, cuya injerencia se impidió al evitar dar cualquier rol de la Organización de Estados Americanos (OEA). Es decir, bajo el liderazgo de Brasil.

    La Cancillería argentina ha tomado debida nota de esto y actuó entonces en perfecta sintonía con Itamaraty. Ambas ignoraron las dos propuestas que llevó el venezolano a la reunión: una condena explícita a Estados Unidos en la declaración final y el envío de una fuerza de paz a Bolivia. Hacerse cargo plenamente del problema boliviano (incluso enviando pertrechos militares) permite a Brasil, además de excluir a Washington, relevar al bolivariano como principal garante del gobierno de Morales, enajenándole a éste su principal aliado en la región. El renovado lenguaje combativo le sirve también para dejar sin discurso a Chávez.

    El fracaso en julio último de las reuniones para salvar la Ronda comercial de Doha fue, también, un fracaso de la política exterior de Brasil. Ese país había jugado fuerte a un acuerdo de liberalización comercial, lo que según muchos fue una traición a la Argentina y a los aliados del Grupo de los 20, como China, India y Sudáfrica. Y un abandono de las atávicas aspiraciones brasileñas de liderazgo sobre Sudamérica y el mundo en desarrollo. Con su nuevo estilo, Lula da Silva apuesta a enmendar semejante desliz.

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