• Estará sábado y domingo. • Avanza la renegociación de la inversión de Vale en Mendoza y Neuquén
El gobernador bonaerense, Daniel Scioli, y su esposa Karina Rabolini saludaron al papa Francisco y a Dilma Rousseff en el palacio de Guanabara, en Río de Janeiro, sede de la recepción oficial al Pontífice.
Río de Janeiro (enviado especial) - Cristina de Kirchner ya tiene reservada su suite en el hotel Copacabana, el más famoso de esta ciudad que se recuesta sobre la avenida Atlántica y que tiene vista hacia la playa en donde se ha montado un gigantesco escenario en donde el papa Francisco hará una de las misas más concurridas del viaje. La Presidente le mandó ayer una carta personal a Dilma Rousseff confirmando que estará el sábado aquí para ir el domingo a la misa de cierre de las Jornadas de la Juventud. En ese mensaje Cristina de Kirchner destaca que se siente honrada por la invitación y por la oportunidad de compartir un "hecho histórico" que será recordado por ser parte de la primera gira internacional de Francisco. En un párrafo señala la importancia del acto para América Latina, continente del futuro -dice-, pero que también es presente. Hasta ayer no se había confirmado la presencia de otros presidentes -Dilma invitó a todos los de la región-, salvo Desi Bouterse de Surinam, un mandatario que se ha hecho popular porque no se pierde ninguna invitación a cumbres, jornadas y reuniones, aunque lo obliguen a escuchar una mesa.
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• Una agenda de Estado. Una de las noticias de que tomó conocimiento el pequeño grupo que acompañó a Daniel Scioli ayer en la larga espera de la llegada del Papa al palacio de Guanabara es que se ha reanudado la negociación del proyecto Vale de extracción de potasio en un yacimiento que está entre Mendoza y Neuquén. Después de la salida de esa minera, no sin conflictos políticos porque la firma es en un 40% propiedad del Estado brasileño, comenzó una conversación con delegados de líneas intermedias de los dos gobiernos que puede terminar en pocas semanas con una reactivación de la iniciativa. El nuevo formato tiene dos partes. Una es la reducción del proyecto a un área y a un plan de negocios a menor plazo del original, que comprometía la suma de u$s 5.000 millones. El nuevo contrato, siempre con Vale como concesionaria, reducirá el área y tendrá un plan de progreso que crecerá en la medida en que rinda frutos. La parte argentina aportará condiciones de mercado que hasta ahora exigía en vano Vale, en una línea parecida a la que la nuestro país emprendió con Chevron para el contrato en Vaca Muerta. Esas condiciones tienen que ver con aranceles menores para el ingreso de equipos y un plan para que los concesionarios puedan disponer después de cierto plazo de las divisas para reembolsarlas a la casa matriz. Este formato Chevron ya ha sido aceptado por las dos partes y en el primer tramo puede aumentar las exportaciones de potasio -producto que Brasil necesita para la explotación agropecuaria de campos de bajo rendimiento- en u$s 2.000 millones anuales. Si eso se logra, será un avance en las relaciones entre Brasil y la Argentina, que tiene hoy un déficit comercial de u$s 1.100 millones al año, con lo cual la balanza pasaría a ser superavitaria.
• Acuerdo II. El otro proyecto que está al salir es la construcción de un gasoducto entre Bahía Blanca y Buenos Aires, emprendimiento al que sólo le falta la firma del Gobierno argentino, ya que Brasil ya concedió el financiamiento a través del BNDES. El acuerdo está a la firma de Julio De Vido y después debe ser rubricado por la Presidente, algo que ocurrirá en la próxima reunión que mantendrá con Dilma Rousseff.
• De las manifestaciones. El Gobierno de Dilma vive en la zozobra después de la crisis de los indignados que le reprochan a su administración desmanejos del gasto y una reforma política que el Congreso se dispone a tratar recién en 2014. Es dramática para la presidenta la caída de la aprobación del público al 30%, una marca que congela hasta nuevo aviso su proyecto de reelección en las elecciones de octubre del año que viene. Las relaciones hacia dentro de la alianza de poder están quebradas por las inquinas que resultaron de los casos de corrupción de funcionarios del Gobierno actual y de buena parte de los de Lula da Silva, víctima indirecta del "mani pulite" de Dilma. El rencor hacia afuera se oculta y hasta ahora Lula ha dicho que apoyaría una reelección presidencial, algo que queda en las palabras hasta que se produzca alguna recuperación, quizás con el efecto de la venida del Papa. Pero esta visita es aprovechada por los contradictores de la calle, que nadie hoy maneja, al punto de poder facturar esas quejas en apoyos políticos y eventualmente en votos, para redoblar los reclamos. El temor del Gobierno, y a eso responde el riguroso diseño de seguridad para evitar las concentraciones que puedan terminar en violencia, es que los indignados sobreactúen las consignas en favor del Papa, pero a la vez lo separen de la anfitriona. Si este cóctel se verifica en las próximas horas, puede ser letal para Dilma, a quien un triunfo de la selección de fútbol en el Mundial del año que viene -si ocurriera, claro está- puede llegar tarde porque las elecciones son a continuación de la copa de la FIFA y para esa fecha tendrá Dilma que verse recuperada.
• Nadie negaba ayer en el palacio de Guanabara en la espera al Papa -un bandejeo interminable de cafetería para un riguroso grupo de 650 invitados, funcionarios, gobernadores, invitados extranjeros como Scioli- que Lula está agazapado a la espera del colapso de Dilma para ser candidato. Es el hombre fuerte de Brasil y es sede de todos los reclamos de todos los sectores políticos y empresariales. "Todo el que necesita algo va a ver a Lula", que sigue escondido en sus oficinas y que sólo aparece en giras de conferencias por el mundo -la última lo llevó a Kenia- por las que cobra un cachet altísimo y en las que elude hablar de la situación interna de Brasil. Callado, sólo le ponen un reparo al proyecto presidencial de 2014, que es la salud. Lula viene de recuperarse de un cáncer y les dice a los suyos que ya está curado, pero todos los que tienen que jugar algo en serio (empresarios, punteros, etcétera) siguen esperando un informe fehaciente de él. Si eso ocurre, hay que esperar un Lula presidente en 2014 y por dos mandatos, algo que, según quienes siguen de cerca el proceso actual de Brasil, puede sacar al país del marasmo social que, sin aviso como ocurren estas crisis, hizo estallar la situación social en tres meses, antes de lo cual éste era un país que volaba y parecía el paraíso terrenal del tercer mundo. El estallido de los indignados desnuda las contradicciones que siempre se señalaron de este país, al que Pepe Mujica calificó hace poco como "el más desigual del continente más desigual". Dilma y sus seguidores no pueden creer que en ese lapso se desmoronara un apoyo que estaba en el 70% al horroroso 30% de hoy, algo que si sigue así la mandará a la casa. Una recuperación no parece depender sólo de su actitud, sino de cómo se va desanudar la queja callejera en un país como éste, con un sistema político frágil, provisorio y transitorio. Sólo Lula parece ser el hombre que puede cabalgar ese tigre y ahora lo miran con un cariño que antes no le tenían. Nadie desmiente que durante el fin de semana Lula estuviera seis horas a solas con Dilma en Brasilia, y de ahí pudo salir algún camino para el marasmo político que vive hoy Brasil.
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