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Cristina en la ONU: más cerca que nunca de EE.UU.
Repasemos los ejes de lo dicho por la Presidente. Por un lado, arremetió, aunque con prudencia, contra Irán. Por el rechazo de ese país a extraditar a personajes sospechados por el atentado a la AMIA (uno de los cuales incluso fue promovido al Ministerio de Defensa), claro, pero también por la indignante negación del Holocausto en que recurre su presidente, el ultraislamista Mahmud Ahmadineyad.
Por otro lado, ordenó a la delegación argentina que se retirara del recinto cuando llegó el turno del discurso del iraní, en momentos en que éste repetía sus diatribas contra Israel. La decisión estuvo en consonancia con las de Israel (por supuesto), Alemania, Francia, Canadá, Italia y los Estados Unidos. Reparó así una omisión de la Cumbre sobre el Racismo de abril último, cuando los delegados nacionales no habían imitado la conducta de los europeos en ese sentido (Estados Unidos directamente no había asistido al encuentro).
Mientras, Hugo Chávez se abraza y firma mil y un acuerdos con Ahmadineyad, y Luiz Inácio Lula da Silva anunció que recibirá al negador del Holocausto en noviembre y lo visitará en Teherán a comienzos del año próximo, además de haber reivindicado el tumultuoso proceso electoral que dio a éste la reelección y de haber defendido el derecho de Irán a la tecnología nuclear sin reparar en las sospechas de la comunidad internacional sobre sus intenciones. Las diferencias son nítidas.
En otro orden, la Presidente le hizo otro guiño a Obama al recordar que la Argentina y Estados Unidos son los dos únicos países del hemisferio que han sido víctimas del terrorismo internacional. Antiterrorismo, narcotráfico y lavado de dinero son, además de inmigración ilegal (tema en el que la Argentina no representa un problema), los ejes excluyentes de la política del Departamento de Estado en el hemisferio. De allí el valor de una postura común en ese tema.
En otro gesto, Cristina de Kirchner avaló la política de Obama hacia Medio Oriente, en momentos en que el demócrata enfrenta fuertes críticas por no lograr encarrilar, como había prometido, el proceso de paz. Elogió, en línea con la tradición de la política exterior nacional, la idea del norteamericano de que Israel debe vivir seguro dentro de sus fronteras y el objetivo de la creación de un Estado palestino independiente. El problema mayor de Obama para volver a sentar a unos y otros a una mesa de diálogo pasa hoy por la continuidad de la construcción en los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada, lo que calificó de «ilegítimo» en su discurso ante la Asamblea. Cristina se alineó también con esa postura, a la que -con la desmesura de la poesía, acaso- calificó como «una caricia para el alma». Entre semejante lisonja y el «who are you, Obama» que lanzó ayer Chávez desde el mismo podio hay un océano de distancia (ver pág. 19).
Honduras fue el vehículo para abogar por la defensa irrestricta de la democracia y los derechos humanos, consignas que suenan muy bien en la administración demócrata, elevando a estos últimos al rango de «ADN» de la gestión kirchnerista.
Al respecto, explicó la decisión de su Gobierno de despenalizar las calumnias e injurias en el ejercicio del periodismo. ¿Otro mensaje cifrado para diferenciarse de un chavismo que propuso, aunque no pudo todavía consensuar puertas adentro, la aprobación de una ley de «delitos mediáticos»?
La toma de distancia con el bolivariano registra (entre otros) un antecedente inmediato: la cumbre de la UNASUR realizada el 28 de agosto en Bariloche. En ella fue ostensible cómo Cristina de Kirchner y Lula da Silva operaron para contener a los miembros más belicosos del club (Chávez, Evo Morales), quienes jugaban sin complejos al aislamiento de Colombia por su alianza militar con Estados Unidos y, eventualmente, a una ruptura del bloque.
Se percibe un claro intento de acercamiento a los Estados Unidos. Palabras aparte, el logro de ese objetivo dependerá de lo que se haga con los lunares que Washington sigue señalando en nuestra política interna.


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