Cuba, una causa ya imposible de defender para la izquierda

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Acaba de llegar a las librerías porteñas un ensayo sobre el dilema de una izquierda a la cual la fascinación con el impulso igualitario inicial de la Revolución Cubana le ha impedido hasta hoy mencionar siquiera sus rasgos autoritarios. ¿Es admisible rescatar los logros del largo Gobierno de Fidel Castro y negar su estructura totalitaria?, es la pregunta que recorre el libro de Claudia Hilb, doctora en Ciencias Sociales y presidenta del Club de Cultura Socialista, «Silencio, Cuba. La izquierda democrática frente al régimen de la Revolución Cubana» (Edhasa, 2010).

Nunca más oportuno el interrogante. En la recién inaugurada Feria del Libro, la hoy disidente Hilda Molina, que en su juventud abrazó la causa revolucionaria y a quien la isla debe buena parte de sus avances en Neurología, fue agredida en la presentación de su libro «Mi verdad», por quienes, dándole la razón a Claudia Hilb, no toleran la menor crítica al Gobierno de Cuba.

El trabajo de Hilb no será presentado en la Feria, de modo que los activistas que, al estilo de las Brigadas de Respuesta Rápida (grupos castristas de choque), vigilan lo que se piensa y dice sobre el régimen cubano, podrán tomarse un recreo. Sin embargo, se recomienda su lectura a quienes comparten la tendencia -transversal a varios partidos- de respaldar al Gobierno de los Castro sin temor a la contradicción entre los ideales que declaman y la realidad de un régimen que hace tiempo los ha archivado.

La conclusión de Hilb es perturbadora para los amigos -a prudente distancia- del socialismo cubano: «No podemos amparar nuestras buenas conciencias sosteniendo que defendemos la igualación de condiciones que la Revolución impuso, pero nos oponemos a la violación de derechos por parte del mismo régimen», porque «la represión, o la ausencia de libertades civiles y públicas no son epifenómenos», sino «elementos coherentes [con la naturaleza] de un régimen del que no podemos decir que viola los derechos humanos sino que, en su forma misma, no reconoce la existencia de esos derechos tal como son sostenidos en nuestras sociedades liberal-democráticas modernas».

A los que, en el inicio de la Revolución, creyeron que ésta «podía ser compatible con la libertad» les esperaba «el silencio, el ostracismo, el exilio o la cárcel», dice Hilb, quien cita el caso de Huber Matos, uno de los líderes más populares en 1960, que pagó con 20 años de cárcel su deseo de dejar las filas revolucionarias en disidencia con el rumbo que iba tomando Cuba.

«Aún hoy resulta difícil -por lo menos en América Latina- para alguien que se dice de izquierda condenar de manera pública al régimen político cubano», afirma Hilb. Pero no es una tara exclusivamente continental. Hace poco, el canciller de Italia, Franco Frattini, se declaró «estupefacto ante el silencio sobre el caso de la disidencia cubana» mientras que «cuando se trata de disidentes chinos o birmanos o de otros países, hay interrogantes, protestas, manifestaciones; pero en este caso hay sobre todo silencio».

El mismo cargo formula Hilb, cuya hipótesis es que ese silencio sobre «la naturaleza opresiva» del régimen cubano responde a «la defensa de algunas realizaciones indiscutibles», como «la igualación de las condiciones sociales y la universalización del acceso a la salud y a la educación». Esto explica además la adhesión inicial de los cubanos. Pero Hilb también expone en su ensayo el proceso por el cual la adhesión fue mutando en desilusión, luego en conformismo y, finalmente, en miedo.

Este proceso coincidió con los años de dominación soviética que hicieron posible el espejismo de un crecimiento expresado en índices sociales envidiables, pero imposibles de sostener a largo plazo con un modelo de desarrollo -más bien de no desarrollo- que condenó a la isla a la pobreza y el atraso actuales. Sobre eso también hace silencio la izquierda. Es mejor cargar todo en la cuenta del «bloqueo».

La Constitución cubana, que los entusiastas del castrismo deberían leer, coloca al Partido Comunista como garante del régimen. Esta «coincidencia de la Ley y el Poder político -dice Hilb- convierte a todo disidente político en delincuente, en infractor a la ley», por lo que «el presidio es el destino que amenaza en Cuba a todo individuo sospechado de disidencia».

«¿Qué queda hoy del sueño emancipador de la fabricación de un hombre nuevo?», es la interpelación de Hilb a las ilusiones de los años 60 y 70 que ella misma compartió. Su respuesta: «Nada queda de la esperanza de una forma de sociedad en que los hombres tuvieran la posibilidad de desarrollar por igual sus capacidades más altas en condiciones de la máxima libertad. (...) A cinco décadas de la instauración de un régimen revolucionario con vocación de dominación total (...), éste no sólo ha anulado completamente las libertades civiles y políticas, sino que ha fracasado, [según] sus propios parámetros de desarrollo, igualdad y justicia».

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