Darle 150 años al viejecito Madoff -con el sistema de la pena acumulativa, que queda en ridículo frente a la vida del ser humano- sigue siendo el único símbolo notable: de castigar a los participantes de la fiesta de desvíos. No hay otros personajes puestos en la picota seria; varios de ellos sólo renunciaron. Otros se han mimetizado en funciones distintas, sin que el capitalismo demuestre, que así como da todas las libertades, también tiene la obligación de purgarse, con castigos severos.
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De allí que cualquiera se anime a decretar la defunción del sistema y sin decir -seriamente- cuáles otros podrían ser eficaces para suplantarlo.
Por el momento, se ha visto a Obama tomándose la cabeza cuando le llegó el último indicador de desocupación, seguido de otros pronósticos mediáticos: que han bajado de la euforia del «todo lo peor ya pasó», mientras que Paul Krugman -sin nota aparecida en diario Clarín- lanzó una última advertencia, muy poco gratificante para los ultraoptimistas: «El mundo corre el riesgo de un prolongado estancamiento...». Los mercados retomaron la actividad e iniciaron el segundo semestre, envueltos en la pesada neblina que ya cubrió el desarrollo de todo junio. Y así como en la economía los efectos de la crisis lucen como una verdadera «pandemia», de alerta máxima, cayendo fuertes y débiles, la respuesta simultánea de los distintos índices y recintos viene a resultar la cara negra de la «globalización».
Y luce como la gran diferencia, porque esto es un fenómeno sumamente moderno en el mundo y propiciado a través de los adelantos en comunicaciones. Una fabulosa condición que el viejo «capitalismo» no poseía. Y que tanto ha incentivado mercados y comercios mundial, como constituye el eslabón más débil de la cadena.
Cuando irrumpió la expresión, se dio la orden de partida de «globalizar» -o quedar afuera-; junto con ello, arribó la logística de fronteras derribadas y de encastrar los países unos con los otros. El quedarse afuera era como naufragar y vivir en una isla. En lo nuestro, recordamos tiempos no tan lejanos: donde a los operadores de Buenos Aires les importaba tanto ver el comportamiento del Dow Jones en cada rueda como un partido de béisbol en la liga yanqui. Después, junto con acciones locales que fueron listando en el NYSE y teniendo un comando externo, todos quedamos juntos... y revueltos.
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