12 de mayo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

A quien le encante -como a nosotros- retener pequeñas pildoritas que encierran sabrosas máximas sintéticas, le recomendamos guardar esto, que se aplica, muy ajustadamente, al momento que vive el mundo. Salió del cincel de George Orwell (a quien se suele recordar por ser autor de «1984» y no por esa joya didáctica, que tituló «Rebelión en la granja»). Y dijo, simplemente: «En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un gesto revolucionario...». Y lo único que se sigue observando en la actualidad de desvíos, descalabros y parches que se rocían como «agua bendita» (en forma de dólares, o de euros ahora) es que las pésimas administraciones gubernamentales, que pululan en países de todo calibre y estirpe, serán falsamente protegidas por la reacción corporativa de todos los demás componentes. Quienes tranquilamente se escudan en recitados inverosímiles -pero aptos para la masa- de los que nuevos ejemplos surgieron al anunciarse la fantástica cobertura lanzada.

Se hizo evidente que Grecia quedaba apenas como una «muestra gratis» de lo que todos sabían que seguiría. Y así los ministros europeos hablaron de «respaldo a esfuerzos de España y Portugal para adoptar medidas posteriores de saneamiento de sus cuentas públicas...». Además, pidieron «vigilancia sobre todos los mercados de derivados y el rol de agencias calificadoras». Muy divertidos los genios de la reunión, agregaron que era para que «la especulación no se convierta en un deporte». La ministra francesa de Economía tenía que resultar de las más floridas. Y solamente superada por un par sueco, que empleó una figura novelesca: «Estamos viendo comportamientos de manadas de lobos. Si no detenemos a estas manadas, harán pedazos a los países más débiles...».

¿Leyó alguien reprimendas, fuertes amonestaciones a los gobernantes que falsearon cuentas, que hicieron del apalancamiento un deporte, y que se niegan a realizar todo ajuste y -mucho menos- renunciar?

Todo continúa en la senda del «engaño universal», dando la impresión de que nadie está en condiciones de ser severo con sus pares, porque tampoco ellos están seguros sobre sus desvíos administrativos. Entonces, lo mejor es no buscar más culpables que en «los lobos de la especulación», o las calificadoras. Objetivos fáciles, enemigos comunes, sin nombres ni rangos. La verdad sería demasiado «revolucionaria». Y la crisis suma y sigue.