3 de febrero 2011 - 00:00

Cupones bursátiles

 ¿Por qué será que tenemos la sensación de que el mundo se salvó -al borde de un precipicio- y desde allí retrocedió, nada más que para tomar impulso? Porque se pueden hallar varios «agujeros negros» en saltos que dan las Bolsas -como el del martes- por motivos que, en la mayor parte, suenan a pueriles, y lo mediático, que es un fuerte brazo moderno de los que arman movimientos en «alta frecuencia», colabora regocijándose en la estadística. Como para decir que el Dow Jones se sitúa en nivel de tres años antes, previo a la crisis, sin poder explicar los motivos (seriamente). A no ser, ese dinero de «subsidio» que está dando vueltas desde las soluciones de Obama.

Entonces, como lo bursátil es siempre el terreno más etéreo, más subjetivo, el que soporta cualquier tipo de considerandos, se le puede adjudicar a la propia «locura» de sus impulsos infinitos.

Pero es que no se trata solamente de las Bolsas. Todo se vuelve a encaramar con ciertas diferencias en los tiempos de los avances, pero haciendo un frente que vaya a coincidir, con lo que había en el borde del precipicio de 2007. El petróleo está nuevamente de rigurosa moda, las otras materias primas van en camino.

El oro, ni que hablar. Y las economías de los países siguen buscando una fórmula que les dé resultados, sin todavía conseguirlo. Unos bajando a cero las tasas, los otros, subiéndolas. Y hasta los ponderados chinos se preocupan ahora por la inflación que amenaza, mientras se dieron cuenta de que también allí cometieron el «pecado» occidental de haber concedido sus bancos, montañas de créditos, a insolventes.

Otra evidencia: esa arrogancia intolerable de los grandes banqueros, que luego de generar el cráter y gritar por los salvatajes ahora se plantan ante cualquier gobernante, enojados porque les caiga alguna crítica. Y el propio Dow Jones acaba de alimentar algunas de sus ruedas alcistas, por balances bancarios. Todo el escenario se está replicando, de modo elocuente en algunos rasgos y sigiloso en otros.

La onerosa y lamentable «fiesta», estrellada con la ebriedad de la codicia sin límites, todavía no se ha pagado. Y ya los desvergonzados ebrios de la riqueza fácil se preparan para ir armando otra. Y lo mediático juega a favor de ello.

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