Así como Ben Bernanke aseguró que la «dinámica fiscal es insostenible...», también deslizó que «Estados Unidos es aún vulnerable a la crisis de la Unión Europea». Tras ello, nuestro periódicamente invitado de esta columna -Paul Krugman, Premio Nobel devenido en analista de medios- directamente salió a aconsejar a los europeos que dejen correr la inflación, con la intención de devaluar los ingresos de cierta capa de la población. Curiosa receta -esto dicho en nota aparecida en diario Clarín- del economista y que también cae en la fórmula de un poco de inflación es buena, recitado tantas veces visto en nuestro medio (y que termina por generar los pases de fases inflacionarios, hasta alcanzar niveles que se van de las manos). Pero lo cierto es que tanto Bernanke como Krugman se aliaron en la prédica para que Europa cumpla con un deber tácito: que sería el de darle a Estados Unidos la «palanca» que necesita, para volver a moverse. Y que, por las suyas, se advierte que mantiene el paso pesado y apenas dentro de una meseta que a casi nadie convence dentro de su territorio (plasmado en esos sondeos de «índice de confianza» del consumidor, dando nuevas rebajas). El mundo, por lo que alcanza a verse, ha perdido a su locomotora de las economías y ésta precisa tomar energías de otros averiados -como los europeos- para alcanzar un ritmo convincente. Ya instalados en el segundo mes de 2012, los mismos discursos, la misma dura posición alemana para no oír cantos de «sirena» del otro lado del océano, se ven matizados con permanentes alocuciones que casi exigen a Europa que haga lo que conviene a Estados Unidos.
Desde el escenario puramente bursátil, un hecho que fue escasamente comentado, posee contornos importantes, y es el anuncio de que el acuerdo para fusionar a la Bolsa de Nueva York, con la de Fráncfort, resultó vetado. Con lo cual, el mundo de las finanzas se evita tener que lidiar con lo que sería un verdadero «monstruo», mandando en todas partes. Y potenciando más posibilidades de desvíos y estratagemas bordeando las normas, con tal de producir la utilidad deseable para satisfacer semejante cavidad financiera. El Nyse, sin problemas, había tirado la «chancleta» y olvidado todo su historial y el orgullo de ser líder global, mientras se asistía -en principio de modo pasivo- a lo que ya se consumaba con la mentada fusión. Qué mal deben estar, como para entregar las llaves de lo que resulta emblema y un ícono no sólo de Wall Street, sino de todo un país. Muchas más cosas insólitas pueden verse en un 2012 todavía con crisis, sin líderes (y sin brillantez).
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