27 de agosto 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

Llega el final de agosto... ¿y qué tenemos? Nada. Todo sigue su curso en el mundo, sin que aparezcan las mágicas soluciones para sacar a la nave económica de su varadura. Mucho de versiones, bastante de expectativas, que después se quedan por el camino y demostrando que una verdadera crisis no termina cuando políticos y economistas quieren, sino cuando ella misma quiere. Los índices bursátiles prosiguen en «rebeldía», casi todo el pelotón de los diversos recintos arriban al final del mes en positivo. En tal caso, sería cómodo decir que las Bolsas pueden subir cuando ellas quieren. De confirmarse tal absurdo histórico, que contradice la esencia de lo bursátil como espejo de la realidad y no como hacedor de las causas, esto resultaría toda una bisagra en el largo trayecto desde que las Bolsas fueron creadas.

Ya lo que se observa es «antinatura», con un mundo cada vez peor en sus raíces principales y con mercados de riesgo que navegan en superficie. Veamos que lo que se espera, como hipótesis de máxima, es que el «BCE» pueda intervenir -con ciertas medidas- para aliviar las situaciones. O que en Estados Unidos, la Reserva Federal se disponga a mandar «otra vuelta» de tragos gratis, para que la rueda adquiera algo más de dinámica, hasta que dure la nueva inyección. Pero los males son mucho más profundos que aquellos que banqueros y operadores aguardan para mejorar sus situaciones individuales. Estando ya encima de septiembre, se apura el tramo final de 2012. En Buenos Aires lo empezamos con una notoria caída de intensidad en los negocios, un mal que ataca a todos, pero que -sobre sumas ya muy menudas, como las nuestras- nos hace morar en la indigencia. Recurso apropiado para sacar a flote semanas como la anterior, en un contexto adverso y haciendo que el Merval sufra lo menos posible, pero también es un eslabón débil que no sería capaz de resistir a una oferta más o menos intensa si entra en estado de nerviosismo.

La realidad es que ni siquiera se puede hablar de mercados que hayan bajado mucho, o que están infravaluados, porque lo que aportan los balances de las empresas -en nuestro ámbito- no proporciona argumentos auspiciosos, salvo en algunos casos, como para jugar la carta de lo «barato». Si los «alquimistas» que producen informes globales pueden seguir convirtiendo plomo en oro, tal vez se lleguen a ver todavía más aumentos y que se acreciente el contraste, con la realidad que circunda.

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