21 de agosto 2012 - 00:00

Darwin en Europa: evoluciona ayuda a países atacados

¿Qué es lo que el BCE se trae entre manos? ¿Cuál será en concreto la innovación que sus autoridades tienen en mente? No se sabe. Es notable la potencia de los dichos de su titular, Mario Draghi, cuando se los contrasta con la ausencia olímpica de precisiones. El italiano le cambió el rostro a Europa con sus palabras. La crisis dio urgente marcha atrás, España resucitó como si tuviera cita impostergable con un futuro pujante, los mercados de valores se arrimaron a nuevos récords, y, sin embargo, se sabe muy poco de qué se trata. ¿Cómo interpretar la reacción si, a la par, uno se cansa de leer cómo compañías y gobiernos trazan planes de contingencia para una eventual ruptura del euro? Si el BCE quiere, si Merkel apoya (la canciller teutona ha dicho que Draghi está perfectamente alineado), la crisis europea se termina. Ésa es la conclusión sumaria. La corrida contra la deuda española e italiana cesaría en el acto. O, mejor dicho, comenzaría una corrida a favor; que en este mundo de tasas a ras del suelo, son escasos los activos que todavía rinden lo que Madrid y Roma deben oblar para mantenerse a flote en los mercados voluntarios de capital. Si el BCE se aviene a convertirse en prestamista de última instancia será difícil resistirse a una ganga.

Quizás un dato se pase por alto: si el BCE no se comprometió todavía a nada, ¿por qué Draghi chocó con la negativa cerrada del Bundesbank? El BCE no dijo aún qué es lo que va a hacer en concreto, y el Bundesbank pegó el grito en el cielo, y ya se opone. No es buena señal para quien espere mucho del BCE. Es verdad que el respaldo de Merkel permite que Draghi avance pese al rechazo (caso contrario, hubiese sido imposible), pero no por ello deja de constituir una limitación. Y más que en el plano genérico de las promesas, lo será en el accidentado terreno operativo, allí donde se resolverá el éxito práctico de la intervención.

España tomó inspiración de las palabras de Draghi y ya desarrolló, por su cuenta, un esquema efectivo de gestión del BCE. El ministro De Guindos pretende que Draghi cumpla con lo que insinuó: que Fráncfort le ponga un «techo» a las tasas de interés de corto plazo. En rigor, lo que Draghi señaló que limitaría es la prima que refleja los temores a una fractura del euro. No obstante, en los instrumentos de corto plazo, el riesgo crediticio es bajo (hasta Grecia coloca Letras con regularidad), la parte del león del riesgo-país es un premio por iliquidez. ¿Cómo achatar el diferencial de rendimientos entre Alemania y España en el mercado monetario, y combatir así la fragmentación actual que es lo que perturba el proceso de transmisión de la política del BCE? Lo que es bueno para Fráncfort sería excelente para España: el BCE debería actuar en los mercados secundarios de corto plazo, de manera «contundente», sin límites prefijados («ni de cuantía ni de horizonte temporal») y sin ejercer su papel de acreedor preferente. ¿No pide demasiado De Guindos? Sí, pero no se aparta de los dichos de Draghi. Y no agotó su discurso. Dejó en el tintero la posibilidad de que el BCE no esterilice su intervención. O sea, la expansión cuantitativa (aunque sobre la base de compras de activos de corto plazo).

¿Qué hará el BCE? Berlín, el domingo, lanzó un primer globo de ensayo. La revista Der Spiegel manifestó que la autoridad monetaria trabaja en una iniciativa que se propone fijarle topes a las tasas de interés de los países afectados por la crisis. El BCE se abocaría a la compra de deuda en los casos en que los rendimientos excedieran a los de Alemania más allá de un margen estipulado (Der Spiegel habla de bonos, pero Draghi fue muy claro en puntualizar que no incursionaría fuera del segmento de corto plazo). La reacción fue previsible: el Bundesbank, ni lerdo ni perezoso, dejó sentada su postura crítica «ante los notables riesgos de estabilidad». Un vocero del Ministerio de Finanzas alemán señaló que la implementación práctica sería «problemática». Y los cables de noticias consignaron que las fuentes consultadas del BCE «no tenían constancia del plan» y que no cabe esperar anuncios de gran envergadura en la próxima reunión del 6 de septiembre. Éste es el zapato que incomoda. No hay dudas. Hay que pensar que el tamaño que pide De Guindos no estará disponible. Pero quien promovió la especie tiene que ser un influyente que está a favor, y que precisa que la horma de la opinión pública le muestre hasta dónde se pueden «ablandar» las objeciones. Se recuerda que Der Spiegel, a lo largo de toda la crisis, ha sido una plataforma que anticipó posiciones del Gobierno alemán (como la voluntad de reestructurar la deuda griega en manos de los acreedores privados) mucho antes que fueran oficiales. Y ayer, Jeorg Asmussen, el otro miembro alemán con voto en el BCE, le confió a un diario local su visto bueno a la propuesta de Draghi. Afirmó que es un programa mejor diseñado que el anterior de compra de bonos, el SMP, y que es plenamente compatible con el mandato de estabilidad de precios.

¿Qué dejó ver el globo de ensayo? Un aspecto crucial: la tasa larga española se derrumbó casi medio punto con la difusión del rumor. Intervenir la parte corta de la curva de deuda, hoy por hoy, arrastraría también los rendimientos de largo plazo. Y, de esa manera, sería un anclaje eficaz.

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