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De la garúa se pasó a la lluvia; ahora ¿de la lluvia al diluvio?
Janet Yellen
Desde ya, la economía luce muchísimo mejor que en 2008/2009. La expansión no se detuvo aunque su zigzag intranquilice. Y desde entonces Wall Street multiplicó sus valores por tres. Por eso mismo, en semejantes alturas, mira a su alrededor y titubea.
La sensación de déjà vu es muy fuerte. La Fed aprieta con su tenaz amenaza de suba de tasas inminente. Antes fue septiembre, ahora la reunión decisiva es en diciembre. El almanaque se arrima y de repente la garúa es lluvia, y después ya no llueve, diluvia. Commodities, monedas, bonos basura, emergentes. Todo precipita. La Bolsa, empero, es otro reino. Wall Street hilvanó un avance que impresiona, sumó seis semanas consecutivas de alzas y escapó de la encerrona. A un tris de los récords absolutos de todos los tiempos, apenas a un 1,5%, el cielo era el límite. Pero, zas, de nuevo, se abrió una fisura y por allí se coló el ventarrón general. Y en un par de ruedas nomás se produjo un daño considerable. La volatilidad se encabritó (y la volatilidad del índice de volatilidad) y su medición es una pared vertical. Allí chocó el optimismo, y pasó de estado gaseoso a sólido (es un decir) que se advierte fácil porque cae a plomo. El Dow Jones Industrial y el S&P 500 se hundieron el 3%; el Nasdaq más del 4%. Recién hoy -por cuestiones de horario- el resto del mundo tomará nota (y, después de los atentados de París, con ánimo funerario).
¿Cuándo vimos esta película? ¿O es una remake? A decir verdad, es el mismo guión pero también los mismos actores ¿Y cómo fue el desenlace? A un viernes gris oscuro, la última vez, le siguió un lunes negro. Aconteció muy poco tiempo atrás, en agosto, el fatídico lunes 24. Vino entonces con el distintivo post Lehman, el "flash crash" incorporado. Que el Dow Jones cayera 1.100 puntos en los primeros cinco minutos de negociación dijo más de la fragilidad de la flamante arquitectura financiera -un inconveniente del nuevo diseño regulatorio- que de cualquier problema macroeconómico trascendente. El "flash crash" es un cortocircuito de (i)liquidez que promueve un apagón brusco. Es parecido, aunque diferente, a la muerte súbita. De la segunda, obvio, no se vuelve. La distinción queda clara por simple demostración empírica. Hay que sobrevivir, lógico, ese puñado (variable) de minutos, que hasta podrían ser horas según cuánto demore restablecer la liquidez en los mercados secundarios y el arbitraje fluido de las cotizaciones. Quien tuvo temple medró el 24 de agosto ganando en minutos lo que, en condiciones normales, llevaría años. Por supuesto, ganó porque la realidad confirmó que sólo era un "flash".
¿La historia se repite? Únicamente si el susto se repite calcado. La Fed aprieta igual, los sospechosos de siempre (los activos ultrasensibles a la suba de tasas) cayeron de nuevo en la redada. Si una actriz faltaba en escena, ya está allí. Después del robusto informe de empleo de octubre, qué dudas podían caber sobre la salud de la economía de EE.UU. Pues bien, la última tirada de indicadores sembró un manto renovado de incertidumbre. Es un tapiz delgado, pero el que se quema con leche (y aquí arden todos los commodities) no repara en las limitaciones de la evidencia.
Desde ya, Janet Yellen aprieta pero no ahorca. ¿Este es el cuento de la buena pipa? Hay que entender el proceso: para no ahorcar y cumplir con su deber, el banco central primero tiene que apretar a fondo. Si el horno no está listo para bollos, no habrá suba de tasas en diciembre. Pero -como todavía debe averiguarlo- es temprano para apagar el horno.


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