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Del Potro, otro fracasado
Nosotros no siempre mostramos orgullo por los nuestros. Escuchamos que «Messi juega en el Barcelona y que acá no hace nada», como si tirarse encima la 10 bleugrana fuera fácil, y cuando se calza la camiseta de la Selección no pretendemos que juegue bien, lo juzgamos desde que llega hasta que se va y exigimos que juegue mejor que allá, es decir, que en cinco o seis días supere lo que hace todas las semanas en Europa. Es decir, los de allá acá tienen que revalidar laureles; los de acá son eso, de acá, como le decía el padre al «Negro» Fontanarrosa durante su niñez: «Qué va a ser bueno éste si vive acá a la vuelta», entonces el Negro nunca llegaba a tener ídolos porque en Rosario se conocen todos y queda todo cerca.
Juan Martín del Potro, aunque parezca mentira, con 20 años y un Grand Slam bajo el brazo, ya padeció nuestra lapidaria mesa examinadora. «Sí, pero en la Copa Davis no pegó una». Otros no le cayeron tan duro sobre su nivel. «Se fue a jugar el Masters por la guita antes que entrenar con el equipo», se escuchó desde noviembre pasado. Pero el último lunes, alguno de los tantos odiadores de exitosos que florecen por estas tierras esbozó: «Si Federer quiere, lo pasa por encima». Así somos. Exigentes con los demás y con los ganadores, ni en pedo con nosotros mismos. Sospechamos que nadie juega por la camiseta y que sólo lo hacen por el dinero. Pero... ¿Cuántos podríamos hacer nuestro trabajo si no fuera por el sueldo? En ese intento, Del Potro fracasó. Intentó ser profeta en el patio de su casa, que lo recibió como un héroe tandilense y nacional, pero que cargará con la cruz de la Davis, de haber cometido el pecado de recibir un premio millonario por el US Open y ni hablar cuando salga en la tapa de la revista con la modelo de turno. Eso ya sería el colmo. No lo toleraríamos. Acá somos todos intachables. Somos argentinos.


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