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Demora en el viaje no cambia cronograma de la visita
Raúl Castro
Si a Cristina le preocupa que el caso de la médica Hilda Molina empañe su visita, cabe señalar que el tema está circunscripto a los ámbitos diplomáticos, ya que el pueblo cubano ni siquiera sabe de la cuestión. Es que la censura es tal que ni siquiera conocen el nombre de la médica.
Cuando se comenta el caso con los habitantes de la isla, se sorprenden del reclamo de Molina porque en Cuba los médicos tienen prohibido salir del país ya que la medicina es una fuente importante de ingresos por los extranjeros que vienen a someterse a tratamientos y cirugías. El Gobierno cubano no está dispuesto a correr el riesgo de que un médico se sienta tentado a exiliarse por un sueldo mejor. Un experto en clínica médica con más de 20 años de experiencia puede llegar a ganar como máximo unos 25 dólares al mes, es decir unos 85 pesos argentinos.
El estricto protocolo cubano se ocupa de que los mandatarios extranjeros tengan poco tiempo de hacerse «escapadas», pero Cristina podría hacer lo mismo que hizo la Reina Sofía de España e irse a comer a una casa particular, lugares más conocidos como Paladares, para así ver la otra Cuba.
Y si prende la televisión no podrá creer que existe censura pues podrá sintonizar el canal norteamericano CNN tanto en su versión en español como en inglés. Los cubanos también pueden ver estos canales, pero sin audio original, sólo escucharán la versión de un locutor oficial cubano. En la isla siguen celebrando con poco entusiasmo el 50º aniversario de la Revolución. Con numerosos espectáculos musicales, el Gobierno intenta mostrar una adhesión que se basa más en la resignación que en convicción ideológica. Es que, al igual que en el resto del mundo, el pesimismo también se siente en las calles habaneras, pero no tanto por el temor a las consecuencias que traerá aparejada la crisis internacional.
El sistema imperante muestra los signos del envejecimiento: asumido como propio el derecho a la educación y a la salud, uno de los principales logros que muestra el régimen, pesan más las frustraciones diarias.
Racionamiento
El cubano medio no tiene posibilidades de comprar una vivienda, un auto, electrodomésticos, indumentaria ni cierto tipo de comestibles. Como en la época de la Segunda Guerra Mundial, los habitantes de esta isla cuentan con tarjetas de racionamiento. Así, los cubanos pueden adquirir por mes: medio kilo de pollo, 5 huevos; 2 a 3 kilos de arroz; 400 gramos de café; papas y batatas, 1 kilo y medio; aceite, un cuarto litro; 500 gramos de fideos; medio kilo de frijoles; frutas y verduras, muy pocas, y dependiendo de lo que haya; la leche es sólo para los niños hasta los 7 años y los mayores de 65. Eso sí, disponen de una botella de 1 litro de ron de 3 años de añejamiento. Estos alimentos se consiguen a precios mínimos en relación con los magros salarios en términos de divisas.
La apertura turística permite al régimen de Fidel Castro obtener las divisas que su raquítica economía no genera. Durante el año pasado visitaron la isla unos 2,4 millones de turistas. Las exportaciones alcanzan a unos 3.000 millones de dólares anuales contra más de 10.000 millones que la isla debe importar para atender necesidades básicas como los alimentos y el combustible. Por suerte tienen geográfica y políticamente cerca al «amigo» Hugo Chávez, que los abastece con petróleo venezolano.
Impedimentos
Para preservar el espíritu comunista, los cubanos están impedidos de salir de la isla -salvo si son invitados por algún amigo- y de acceder libremente a internet (sólo pueden visitar páginas científicas y culturales), pero el régimen no pudo evitar que los extranjeros intercambien información con los lugareños provocando diversas reacciones en los habitantes de la isla. Los turistas pueden acceder a todo aquello que los cubanos no pueden.
Desde comer bananas y comprar propiedades hasta leer periódicos (en internet) que no sean el diario oficial Gramma. Esta diferencia provoca en no pocos cubanos resentimiento, mientras en otros la hospitalidad es genuina o motivada por la búsqueda de propinas. Las perspectivas para los jóvenes son acotadas, están obligados a estudiar o trabajar, pero en empleos sin horizontes.


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