" Nos convertimos en lacayos de los snobs. El placer de la mistificación debía protegernos. Ésa fue nuestra estrategia. Comprendimos que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia adelante. Sólo había una posible resistencia: no tomarlo en serio". Eso le explica Charles, dueño de una empresa de catering, a Calibán su amigo, un actor al que le quedó ese nombre tras haber encarnado ese personaje de "La tempestad" y que ahora trabaja como mozo en las fiesta que organiza su amigo, hablando para divertirse en un pakistaní inventado. Ellos forman parte de esos cinco amigos que se van a ir cruzando en esta nouvelle que, como en todas las de Kundera, mezcla aventuras con reflexión, literatura con filosofía. Aquí aparenta ser un vodevil típicamente francés, un conjunto de escenas para un teatro de marionetas, una película en cuyos momentos surrealistas la dirige Luis Buñuel, en los más desopilantes, Mel Brooks, en los intermedios "maternales", un cáustico Woody Allen, y en los metafísicos y teológicos, Ingmar Bergman. Todo con guiños a Samuel Beckett.
Kundera considera que la gente es "esclava de la verdad", y por tanto las bromas se han vuelto peligrosas. Pareciera que estamos en la época de la posbroma, todo es banal y sin humor, y Hegel, recuerda Kundera, explicó que "no la burla, no la sátira, no el sarcasmo, sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres y reírte de ella; sí, pero ¿cómo encontrar el buen humor?".
Stalin, el dictador soviético, utilizaba su supremacía tanto para ordenar crímenes como para hacerles bromas a sus subalternos. Les contaba hechos imposibles de creer, que debían aceptar como verdaderos y hasta elogiar. Que un día le había disparado a 24 perdices que había en un árbol y había matado a las 24, sostenía. Pero la broma mayor era haberle dado a la ciudad donde había nacido el filósofo Kant, el nombre de un imbécil burócrata que en ese momento era presidente del Soviet Supremo. Una repulsa de Stalin a Kant, que en secreto admiraba a Schopenhauer y creía que la única forma de salvar al mundo del caos de las representaciones individuales era imponer una única representación del mundo, y para eso se necesitaba de alguien con suprema voluntad. Es decir, alguien capaz de imponer un orden, una dictadura. "¡Bajo el dominio de una gran voluntad, camaradas, la gente termina por creer cualquier cosa!", grita Stalin. Pero llega el momento en que hasta los subordinados dejan de creer. Las dictaduras se derrumban.
Kundera vuelve a poner a la vista las razones del sometimiento enfrentando los mesianismos. Critica a los que llevan al extremo los derechos humanos hasta acotar la libertad individual. Cuestiona un mundo dividido entre los que siempre piden perdón y los que siempre se dedican a culpar al otro. Señala que la banalidad ha hecho que el amor ya no sea la celebración de lo individual e irrepetible, sino la exaltación de lo idéntico y lo redundante. Y cuando se vuelve hacia lo ocurrido con la Caída del Muro, se pregunta "¿Qué indica? ¿Una utopía asesinada tras la cual ya no habrá otras? ¿Una época de la que ya no queda huella? ¿Bromas de las que ya nadie reirá?". Sostiene que en el siglo XXI no es necesaria una dictadura para que el individuo retroceda, porque la banalidad es igualmente nociva. Llega al nihilismo a través de una mujer que no quiso tener un hijo y se plantea la muerte de Eva, esa primera mujer que produciría las incontables ramas de la humanidad. "Esa idiota que no sabía lo que hacía y cuántos horrores iba a costarnos su coito miserable, que sin duda tampoco le aportó el mínimo placer". Para finalmente abrir una valoración de la vida, con saber testamentario, a partir de que "la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre. Pero no se trata de reconocerla, hay que aprender a amarla". Claro que, un poco después, comprende con su tradicional ironía "que su elogio de la insignificancia no ha debido de gustar a ese hombre tan amigo de la seriedad de las grandes verdades". "La fiesta de la insignificancia" es un deslumbrante y desenfadado festival de significados organizado por uno de los grandes escritores vivos.
| M.S. |



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