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Devaluación: lecciones desde Europa
Enrique Blasco Garma
A la hora de devaluar no nos gana nadie. La Argentina es uno de los países que más devaluó su moneda en los últimos 50 años. En esa cruzada devaluadora, reemplazaron 5 veces nuestro signo monetario. Le tuvieron que quitar 13 ceros al peso. Porque el peso actual equivale a 10.000.000.000.000 de los pesos de 1969, una cifra de imposible manejo.
No deja de asombrar que los devaluadores se embanderen en la lucha para bajar la inflación. Y propongan ¡devaluar la moneda! No obstante haber el récord de las mayores devaluaciones del planeta, persiste el "retraso cambiario", los problemas de competitividad y rentabilidad de empresas y regiones. Algo no funciona.
Es evidente que la receta de devaluar no resultó en la Argentina. Los países que avanzan siguen otras políticas. Sobre todo, respetan a su moneda y no la devalúan. Al respecto, propongo repasar la experiencia reciente de países con dificultades aún más pronunciadas que la Argentina. En Europa, la crisis externa estallada en 2008 puso fin a varios años de expansión económica extraordinaria, estimulada por la accesión al euro y su enorme sistema financiero. El abrupto recorte puso en examen las acciones futuras de los gobiernos afectados y de su población, pues los problemas económicos tienen una contracara política. La desconfianza resultante del parate económico derritió la demanda interna y secó las fuentes financieras. Los países más negativamente afectados fueron los que más se habían favorecido y abusado del boom, durante los años dorados de la década.
Durante el quinquenio 2008/13, ningún país devaluó ni abandonó el euro. Al contrario, ingresaron al euro Eslovaquia y Estonia; Letonia lo hará el 1/1/2014. Las naciones europeas fueron acomodando sus excesos fiscales y monetarios y eliminaron trabas normativas a la producción y empleo. Las que más liberaron sus estructuras productivas y equilibraron sus cuentas crecieron más. Y sus gobiernos ganaron elecciones y se mantuvieron en el poder.
Es generalizado admirar el poderío económico alemán. Pocos reconocen que la fortaleza alemana no está escrita en la piedra, ni que sea algo innato, irrevocable. A principios de este siglo, Alemania era el "enfermo de Europa". Las liberaciones normativas laborales y sociales, y las estructuraciones fiscales y financieras, del Gobierno socialdemócrata de 2004/5, cambiaron drásticamente los incentivos a trabajar y producir. El antiguo "enfermo" se convirtió en la "locomotora" de Europa. Y todo el cambio se efectuó sin devaluar.
Europa aprende de sus experiencias. En el último siglo, 3 uniones monetarias, entre varias naciones, la del Imperio Austro- Húngaro, la de Yugoeslavia y la del bloque soviético, sucumbieron dando lugar a devaluaciones, hiperinflaciones, graves crisis financieras y políticas extendidas por décadas. Esos pueblos quedaron con un profundo pánico a repetir la experiencia devaluatoria y el caos resultante.
Parámetros
La competitividad de una nación es una medida de la productividad de las actividades, de la utilización de los recursos productivos. El superávit externo es una relación entre las capacidades productivas y la demanda interna. El gasto de baja productividad, la ocupación en actividades subsidiadas y de escasa contribución al bienestar general, inexorablemente enervan el poder adquisitivo de los ingresos del promedio. Cuando la demanda interna se expande por encima de las capacidades productivas nacionales se generan déficit externos. La devaluación es una forma grotesca de intentar redireccionar los esfuerzos productivos. Usa el machete en lugar del bisturí y destruye la confianza y el andamiaje financiero, político y social de una nación. Por eso, no se observan devaluaciones significativas de las principales naciones. Las monedas y los sistemas financieros más admirados consiguen mantener contenida la inflación.
Es sintomático que los ocho gobiernos de la Unión Europea que más enderezaron sus economías fueron reelegidos, en medio de la crisis más severa, Alemania, Estonia, Finlandia, Holanda, Letonia, Luxemburgo, Polonia y Suecia. En cambio, los otros 19 países más desfasados debieron ajustarse y sus gobernantes fueron derrotados en las elecciones. Los países más desbalanceados carecían de crédito interno y no podían obtener financiamiento externo, dado su elevado endeudamiento público, elevado gasto estatal y fragilidad fiscal. Incluso países con una deuda pública inferior al 20% del PBI.
Para muchos opinadores, el principal escollo para arreglar las cuentas europeas era el euro. Los países con la moneda común no podrían devaluar, el santo Grial de los economistas. Por eso recomendaban salirse del euro. La suerte de Europa es que los gobiernos no lo hicieron, sostenidos en la opinión pública atenta a no sufrir pérdidas en sus patrimonios personales.


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